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Leninistas invertidos

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Francisco Gutiérrez Sanín
15 de enero de 2010 - 03:08 a. m.
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ESTE AÑO AMENAZA CON SUMIRnos en una crisis de abundancia. Comenzará en firme —y tendrá su desenlace— una dura e importantísima campaña electoral, en la que con toda probabilidad participará el Presidente y en la que el debate tendrá que ver no sólo con la escogencia del ganador, sino con las reglas de juego mismas.

Proliferarán episodios (y temas) de derechos humanos (comenzamos ya con la libertad por vencimiento de términos de los encartados por el aterrador caso de los falsos positivos). El conflicto armado inevitablemente dará mucho de qué hablar. Venezuela está también en campaña —parlamentaria—, y éste y otros procesos tendrán directa repercusión sobre nosotros. No hablemos ya de los grandes aniversarios que se cumplen en 2010, y que invitan a una reflexión sobre la trayectoria de nuestra vida republicana, nuestras tradiciones políticas, y la naturaleza de nuestros diseños institucionales (el bicentenario; los cien años de las reformas constitucionales de 1910; ochenta del advenimiento de la república liberal; y veinte de la muerte de Alberto Lleras).

Suficiente como para querer comenzar en tono menor e ir escalando el análisis a medida que se calienta el brazo, que es lo que voy a hacer. Hoy comentaré una llamativa trilogía publicada en El Tiempo por el ex asesor presidencial José Obdulio Gaviria, llamada “El trono moral”. Los artículos se inspiran en un gurú de la autoayuda, Robert Greene, quien ha escrito sobre la guerra y sobre el arte de la seducción. Parten de allí para explicar la política colombiana contemporánea (que es como inspirarse en “quién se ha comido mi queso” para descifrar los dilemas que enfrenta Venezuela). Leí la primera parte de la obra de Obdulio, al ver citado a Green. Y me encontré con la sorpresa de que me dedicaban un cumplido, con la siguiente frase: “Francisco Gutiérrez, en El Espectador, pretendió que denunciar a los cómplices de la banda terrorista es persecución fascista”.

Yo, que siempre he admirado el esfuerzo excepcional, no puedo dejar de celebrar, como en efecto celebro, que una persona que no sabe leer tenga una columna de opinión. Y si su proceso de aprendizaje es subsidiado por el diario El Tiempo, y no por mis impuestos, mejor que mejor. Pero tengo derecho a aclarar que la frase de Obdulio simplemente no es cierta, y va contra cláusulas explícitas contenidas en la argumentación de mi columna (dije: “Es obvio que el Estado tiene el derecho, y el deber, de combatir a la Farc-política”). De hecho, no he utilizado nunca, ni aproximadamente, el lenguaje que se me imputa (“persecución fascista”).

De pronto Obdulio leyó en algún texto de autoayuda que mentir a veces era bueno para la autoestima, o para la seducción. Qué sé yo. Como aún está en edad de merecer, pues que ensaye. Lo que me preocupa son las otras dos partes de la trilogía. En la segunda se despacha contra Lenin e invoca a Churchill. Encomiable. Pero, ¡ay!, la única cita de Churchill que resalta es una en la que recomienda atrapar “y ahorcar”. Y en la tercera la emprende contra las ‘ceciliasorozco’ (sic) de El Espectador, contra un semanario díscolo y contra todo aquel que a su juicio exhiba “cualquier señal, por mínima que sea, de contubernio” “con la plaga”.

Hombre, en el fondo tiene razón Obdulio. Estos leninistas, que ven en cualquier divergencia una expresión de guerra, son un peligro.

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