Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
La valiente Lilian Tintori vino a Bogotá a presentar el libro de su esposo, encarcelado arbitrariamente por un régimen que se desmorona ante nuestros ojos. Preso pero libre, se llama el opúsculo.
La reacción de algunos de los expresidentes que logró reunir para el lanzamiento, así como las presiones para que Colombia alebreste aún más el avispero en Venezuela, nos recordó a todos los colombianos que nuestra situación es simétricamente inversa a la de Leopoldo López: libres, pero presos.
Libres porque por primera vez en décadas nos encontramos en posición de opinar, y optar, por la paz o por la guerra. Podemos, si quisiéramos, o si nos dejan, acabar con este enfrentamiento odioso que, como siempre, castiga a los más vulnerables y deteriora masivamente a nuestras instituciones. Pero a la vez somos prisioneros de una serie de discursos, malentendidos y miserias humanas que hemos acumulado, también durante décadas, y que permiten que la voz del granuja o simplemente del embustero adquieran carta de ciudadanía. Es que el lenguaje del odio no necesita de hechos. Y ese lenguaje podría ser, más que la coca, el tramado de larga duración de nuestras violencias. Lo dijo mejor que nadie un general, esta vez Rojas Pinilla, al referirse a la Violencia con mayúscula: ella, según Rojas, fue la combinación de grandes odios y pequeñas rencillas.
Qué rencillas ínfimas, por ejemplo, chorrea el discurso de Andrés Pastrana en el evento de Tintori. Pero lo que más me asombró fue que la descarada falta de veracidad de su diatriba no fuera cuestionada ni respondida por nadie. Mendacidad por partida doble: quién habla y qué dice. Quién: me pregunto qué autoridad moral tiene para hablar del “derrumbe de las instituciones” el gobernante que dejó al país al borde de la quiebra económica, política y moral después de un proceso de paz fallido, el timorato presidente que se dejó acorralar por cuanto factor de ilegalidad levantara cabeza, el primer magistrado ante cuya mirada distraída desfiló una chorrera de masacres y secuestros.
Pero, más que nada, me pregunto cuáles son las evidencias de que el actual proceso de paz está conduciendo a un “derrumbe” institucional. Vamos: este modelo de negociación al menos no partió de la concesión unilateral de una zona desmilitarizada más grande que la de varios países europeos. Sí, el país tiene muchísimos problemas e instituciones en general frágiles y con limitado alcance territorial. No nos escaparemos pronto de tales problemas. Pero si se analizan los acuerdos alcanzados (http://goo.gl/raIF5x es un excelente recurso), lo que uno encuentra es un potencial claro y distinto de mejoramiento. Nuestra economía crece, a un ritmo aún mediocre pero muy, muy superior que el de los ocho años del uribato (los otros días alguien, creo que Alejandro Gaviria, dijo que Uribe se dirigía a un modelo de crecimiento autoritario de tipo asiático: error. La gran mayoría de los países asiáticos de alto crecimiento hicieron reforma agraria y promovieron cambios institucionales en gran escala para frenar el rentismo. Uribe no se montó, ni podía hacerlo, a ese bus). Los homicidios bajan. Como ha informado CERAC, las violencias relacionadas con el conflicto con las Farc se han reducido a su mínima expresión.
El irrespeto por los hechos así como por las nociones básicas de Estado se transparenta también en la exigencia de que Colombia se meta a nadar en las aguas revueltas de Venezuela. Es una demanda a la vez idiota y maliciosa. A Santos, o a cualquier otro, lo eligen para defender los intereses de los colombianos, no para salvar el mundo. El Estado colombiano a duras penas puede consigo mismo, ¿le alcanzará también para meterse de redentor? El régimen venezolano es una desgracia, pero su mediación aquí y ahora es fundamental para nuestra paz.
Ps. ¡Libertad para Salud!
@fgutierrezsanin
