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No: no me estoy refiriendo al diluvio universal que cae sobre las cabezas de los bogotanos. Tampoco, al hecho más bien grotesco de que a esta ciudad difícil, emproblemada, oscura, fantástica, que corona un país sin estaciones, le hayan creado un “Festival de Verano” (¿por qué no entonces uno de invierno?).
Sino a la situación europea. Porque allá sí que en efecto llegó la estación del frío (que podría ser la peor en décadas, según algunos expertos). En medio de la guerra, contra las expectativas de Putin, pero también de muchos comentaristas occidentales. Y esto tiene dos consecuencias inmediatas. Primera, unos efectos masivos sobre las poblaciones de muchos países. En respuesta a las sanciones económicas de la Unión Europea, los rusos les han cortado el suministro de gas a casi todos. Los europeos tendrán pues que capotear unas temperaturas extremas sin prender los calentadores, ya sea por la escasez, ya sea por los precios. Varias personas ya me han contado que ellas, sus conocidos o amigos están racionando en la práctica el uso de la calefacción. Esto, que es difícil en el otoño tardío, puede convertirse en una operación dramática en el invierno profundo. No hablemos ya de que muchas industrias europeas (como en la próspera Alemania) dependen del suministro del gas. Los proveedores de energía van a tener a su alcance, al menos durante esta coyuntura, un poder significativo (que se ha expresado en la ambigua conducta de la Organización de Países Exportadores de Petróleo, OPEP, así como en eventos como la visita de Biden a Arabia Saudita y su revisión parcial de la política estadounidense frente a Venezuela).
La segunda es el cambio de la situación en el frente de batalla en Ucrania misma, que puede literalmente congelarse en su configuración actual. Pese a todos los avances tecnológicos, el clima sigue teniendo un peso enorme sobre la forma en que se hace la guerra. En términos puramente militares, el hecho de que los combates disminuyan su intensidad y sean remplazados en parte por el uso de misiles, drones, etc., puede favorecer a ambas partes, aunque de manera diferencial. A los ucranianos les permitirá recibir nuevo y necesario equipo militar (como defensa aérea de punta, que necesitan desesperadamente). A los rusos, poner algo de orden en su movilización militar y apertrechar y organizar bien a los 300.000 soldados que quiere lanzar al frente para defender los territorios conquistados. Pero para la población civil ucraniana, que ha sufrido ataques devastadores contra su infraestructura, en particular contra la eléctrica, este período va a ser terriblemente duro.
Hay una tercera y espantable acepción de invierno —“invierno nuclear”— de la cual es inevitable hablar. ¿Qué tan cerca estamos de ella? Mi evaluación es que hay una probabilidad muy pequeña, pero mayor que cero, de que un evento de esa naturaleza ocurra. Por eso, este problema debería ser un foco de atención de toda la humanidad. Ciertamente, con las amenazas explícitas de Putin, el tabú nuclear —el hecho de que no se hablara públicamente sobre el uso de esas armas— ha caído. Hay otros dos factores problemáticos. Por un lado, es probable que la guerra siga. Los ucranianos han resistido de una forma impresionante y han recibido de Occidente material bélico de última generación. Su contraofensiva fue parcialmente exitosa; esto llevó a Putin a declarar la movilización. Por el otro, es difícil que los rusos dejen caer el territorio ya conquistado (entre otras muchas cosas porque es el tejido que conecta al grueso de su país con Crimea). Una guerra prolongada en la que una de las partes es una superpotencia nuclear es una amenaza global. Recientemente circuló la versión rusa de que los ucranianos pensaban lanzar una “bomba sucia” (no atómica, pero sí con radioactividad). Más que el hecho en sí, preocupa que la denuncia (independientemente de su veracidad) haga parte de una espiral de escalamiento.
