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17 Jun 2022 - 5:30 a. m.

Llegó el momento del examen

El próximo domingo, por la noche, tendremos presidente electo.

La campaña ha sido ardua, dura, apasionada. Muchos se hacen cruces por ello. No creo que tengan razón. ¿Hemos retrocedido o avanzado? Me parece que más bien lo segundo. Si se echa una mirada desprejuiciada a estos meses llenos de resultados inesperados, creo que es inevitable una conclusión razonablemente optimista. Ya las cuestiones no se pueden tratar de dirimir a través de “conversaciones entre caballeros”, para usar la expresión del notable analista estadounidense Alexander Wilde. Algunos parecen sentir nostalgia por ello; yo no. Entraron nuevos sectores a la política. Hablan duro, no pidiendo el favorcito de que los oigan. Esto mejora, pero también complica, las cosas: coordinar y alinear intereses se hace más difícil. Pese a ello, es visible la maduración democrática en muchos lugares del espectro político. Es mucho más difícil hoy legitimar públicamente lógicas homicidas que en un pasado para nada lejano: basta con hacer la comparación. Tenemos a Twitter que calienta las cosas, pero a la vez provee una nueva ventana de información; contaminada, sí, pero independiente de los medios. Tenemos grandes electorados, más programáticos, de izquierda, centro y derecha. ¿No era eso lo que siempre quisimos? ¿A cuento de qué entonces las lamentaciones por la “polarización”?

Por supuesto, existen temores genuinos frente a la alternación en el poder, sobre todo en un país que ha ido olvidando qué es eso. A ellos, claro, los alimentan los empresarios del pánico moral. Los adláteres de Uribe —a quien debemos, entre muchos otros, los horrores de los falsos positivos, de la parapolítica y de los esfuerzos por perpetuarse en el poder— nos advierten que el mundo se acabará si ellos no siguen de alguna manera gobernando. Pastrana —quien no tiene equipo y a quien debemos todos los horrores— repite lo mismo, sólo que condimentado con sus obsesiones enfermizas.

Pero ese discurso se les está cayendo. Pues resulta que —como pude advertirlo en A Fondo, el excelente programa de María Jimena Duzán— el centroizquierda y la izquierda terminaron en el papel de garantes de la estabilidad y de las instituciones. La historia es una gran ironista, pero en este caso es una ironista potencialmente benévola. Esta evolución tiene la posibilidad de cambiar para bien al país en su conjunto y a las fuerzas implicadas. Petro no sólo ha planteado toda clase de garantías, sino que tiene equipos competentes y grandes en al menos algunos de los dominios claves de las políticas públicas. También, una importante bancada parlamentaria. El ingeniero Hernández sólo ofrece dichos vivaces pero vacuos: no tiene con quién gobernar, ni en la Casa de Nariño —que quisiera clausurar— ni en el Congreso. Como el candidato no puede hablar sin embarrarla, es su factótum quien lo reemplaza, y él se ha referido a la necesidad de cambio tranquilo. Pero no veo bien dónde están el cambio o la tranquilidad: entre otras, porque lo que atrae a parte de su electorado son los coscorrones y los madrazos. Hoy es por este lado, y no por el otro, donde está el peligro del salto al vacío.

Todo esto revela que en estos meses se produjo un consenso tácito pero significativo: sin excepción, los candidatos afirmaron en algún momento que se necesitaba un cambio. Las encuestas revelan que los colombianos creemos masivamente que el país va mal. Pues este domingo diremos cuál de las dos recetas de cambio preferimos. Independientemente de lo que se haya dicho y planteado en la primera vuelta, ahora estamos frente a dos opciones: la del cambio real, con propuestas, con técnicos, con equipos, con congresistas, con nuevas caras, y la del pintoresco, sin ninguna explicación de qué se hará y cómo. De ahí la necesidad de evadir el debate. Entiendo el atractivo del pintoresco: pero creo que aumenta significativamente la probabilidad de que vayamos al abismo. Votaré por Petro.

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