¿Se enloqueció Trump? Al cabo de los 100 días de su gobierno, tanto su país como el mundo están en llamas. Guerra arancelaria, propuesta de anexión de Canadá como el estado 51 de la Unión Americana, la sórdida idea de convertir a Gaza, a estas alturas ya un camposanto, en una Riviera del Oriente Medio, la fractura de estado de derecho para adelantar la racista campaña contra la inmigración, el realineamiento en Ucrania, la destrucción con motosierra del aparato estatal y del sistema de salud, el ataque contra las grandes universidades… entre otras muchas cosas. Con costos económicos y políticos crecientes. Diversas encuestas muestran cómo la confianza en su propuesta y el apoyo a su figura han caído en picada. Algo de lo que han comenzado a darse cuenta incluso los líderes del Partido Demócrata. La respuesta reciente de Trump a la desazón global fue: “todavía no han visto nada”. Y creo que tiene razón.
¿Y entonces? ¿Sí perdió la cabeza? Sí y no. Por su naturaleza y trayectoria, el personaje y su entorno inmediato son proclives a movimientos erráticos y declaraciones extravagantes (sobre todo si tienen un contenido violento y torvo). Creen, acaso acertadamente, que con eso cultivan a su base social y le dan una identidad y un conjunto de propósitos, movilizables cuando sea menester. En eso no se diferencian mucho de nuestro propio partido de la motosierra. Sólo que Trump y los suyos juegan en un estadio global.
Pero, acá y acullá, “hay método en la locura”. Tomen la cuestión arancelaria. Aunque costosa, tiene tres dimensiones que casan bien con la estrategia trumpista. La primera es contrarrestar la diáspora de las industrias estadounidenses, que se establecieron en otras partes del mundo, buscando mano de obra barata e impuestos bajos. Después, y de manera fundamental, proporcionar a los Estados Unidos un gran garrote para golpear a sus enemigos, comenzando por China (pero no limitándose a ella). A propósito: la corriente principal de líderes del Partido Demócrata comparte con Trump la compulsiva necesidad de tener un enemigo, sólo que afirma que la estrategia del actual presidente es equivocada; habría mejores maneras de hacer la tarea.
Y tercero, garantizarse algunos ingresos. Así de sencillo. Pese a toda la destrucción del aparato estatal, que contra toda una cierta demagogia que ya parece haber adquirido carta de ciudadanía, es tremendamente traumática para la población (imagínense: estamos hablando de provisión de servicios de educación, salud, seguridad aérea, etc.), aquel tiene que seguir funcionando. Y Estados Unidos adolece de un enorme déficit, con el agravante de que el espectro de la desdolarización –con todo y la mejora de las relaciones con Putin– no ha desaparecido. En el centro de la propuesta de Trump hay un nuevo recorte radical de impuestos para los billonarios. Eso seguramente pasará. Y entonces: ¿de dónde sacará la plata para pagarles a los funcionarios que queden, para cubrir los mega-contratos militares, para amenazar y mantener el estatus imperial? Los aranceles pueden ayudar.
Es claro que la ofensiva arancelaria se hizo en medio del desorden; como ya dije, tener cierto tipo de personal en el poder tiene implicaciones. Las derivas anticientíficas (Trump y buena parte de los republicanos son negacionistas del cambio climático; muchos de estos también rechazan la teoría de la evolución) y antiburocrática, que van de la mano, tampoco son gratuitas. Pero el contenido de las decisiones no puede desestimarse como una simple extravagancia. Algo análogo puede decirse de la idea de absorber a Canadá. Generó costos altos, y resucitó a los liberales, a quienes había prácticamente sepultado Justin Trudeau, el típico paquete globalista. Pero se puede mostrar fácilmente que el hambre de expansión territorial, directa y no por interpuesta persona, es tangible y corresponde a dinámicas que no se evaporarán como por arte de magia.
Lo ideal sería que llegáramos a este entorno global envenenado, de altísima incertidumbre, con paz interna y una visión estratégica…