Siempre me han irritado un poco las personas que acuden al manido proverbio de que no hay que fijarse en los árboles porque no permiten ver el bosque.
El bosque es importantísimo, claro, pero si uno camina y no mira bien cada arbolito que va apareciendo, corre el riesgo de terminar descalabrado. Por otra parte, si se olvida del bosque se perderá.
Toca tener en cuenta a los dos, por tanto. Más fácil decirlo que hacerlo, refutará razonablemente el lector. Cierto: pero indispensable en la actualidad polarizada y enrarecida de la política colombiana. Hagamos un listado de algunas de los factores de tensión que aparecieron esta semana. Árbol 1: la campaña uribista por sabotear la paz y poner a su jefe por encima de la ley. Ella incluye la denuncia del Gobierno actual como una “dictadura”, lo que por supuesto radicaliza al máximo la dinámica política. Árbol 2: los amenazantes procesos judiciales que avanzan contra el caudillo. No se trata de fruslerías, sino de acusaciones muy serias. Árbol 3: las calumnias increíblemente irresponsables de Alejandro Ordóñez contra el proceso de paz. Dijo que la exigencia de las Farc para firmar el proceso era encarcelar a Uribe. ¿Alguien le pedirá alguna vez pruebas a este calumniador impenitente? ¿No raya en lo delictivo esta práctica de denuncias temerarias, nunca soportadas por ninguna evidencia? Árbol 4: crispación generalizada, ataques y amenazas contra líderes sociales, pero también contra dirigentes políticos de todas las tendencias (incluido el Centro Democrático).
Como siempre, el bosque se puede describir de manera más elegante y sintética. Más que un hecho es una pregunta: ¿cómo lograr que el uribismo no trate de sabotear la paz que ya llega? La oposición radical de esta formidable corriente de opinión adquirió ya hace rato una orientación claramente desestabilizadora. En ella hay de todo: desde auto-interés (dada la criminalización de un sector significativo de su cúpula, así como de sus rutinas y modos de hacer política), hasta miedo y convicciones ideológicas. También hay reparos genuinos. La Fiscalía ha mostrado un comportamiento tan errático y tan torpemente locuaz que muchos colombianos pueden entender que Uribe o cualquier otra persona diga esperar de ella una actuación parcializada.
Aceptar poner a Uribe por encima de la ley sería una claudicación increíblemente destructiva para la sociedad colombiana. A la vez, hasta sus más decididos adversarios tenemos que preguntarnos cómo convivir con el uribismo, porque no se va a evaporar de la noche a la mañana. Pero, ¿qué puede ganar el uribismo con la paz? La respuesta obvia sería la justicia transicional, que permite que las personas que hayan delinquido en el curso del conflicto puedan reconvertirse con penas alternativas. Pero ustedes ven a Uribe pidiendo el endurecimiento de las penas. La razón es que no piensa pasar por este aro, si me permiten esta pizca de humor negro. Uribe siente que ya tiene mucho más de lo que ofrece la justicia transicional, y que debe conservarlo.
Así que la sociedad colombiana, desesperadamente necesitada de paz, se encuentra frente a una tarea que se parece mucho a la cuadratura del círculo. Como siempre, el punto de partida de Uribe es no aceptar nada menor a una claudicación frente a sus exigencias brutalmente premodernas (estar él por encima de la ley, y garantizarse una solución punitiva para sus enemigos); pero esto significaría el fin del proceso de paz y una catástrofe inenarrable para Colombia. A la vez, se trata de una fuerza política que por su importancia cuantitativa no puede ser ignorada. ¿Qué hacer?
Tengo la intuición de que es con este tema que se relacionan las demoras en publicar el acuerdo sobre justicia, etc. No creo que estemos en una sin salida. Pero el problema (“el bosque”) merece ser pensado en serio —y ya—.