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El noticiero CMI acaba de publicar junto con el Centro Nacional de Consultoría la sexta entrega de su “gran encuesta”. Lo he dicho muchas veces: hay que tener reservas con respecto de estos instrumentos incluso cuando, como en este caso, son bastante serios. No son, ni podrían ser, oráculos infalibles. Tienen límites y problemas (algunos inevitables, otros no). A la vez, sería estúpido ignorarlos. Ofrecen datos que nos permiten orientarnos, así sea a tientas, en un panorama complejo y extraordinariamente fluido.
¿Y qué dice esta sexta versión? Que hay cuatro grupos de candidatos. Duque y Petro cabalgan adelante, con una ventaja relativamente holgada (37 y 29 % de la intención de voto, respectivamente). En un segundo lote están Sergio Fajardo y (aún lejos) Germán Vargas. Fajardo sigue cayendo, aunque parece que ha podido en esencia detener la sangría de apoyos que sufrió en el último mes. Vargas logró cohesionar a buena parte del país político (ahora recibió el aval de la mayoría del conservatismo), lo que le permitió revertir su tendencia negativa. Sin embargo, su 8 % es aún modesto. De tercero va De la Calle, a quien parece que le cae la noche. O hace algo abrupto o se quedó allí. Desde el principio creí que se echaba sobre los hombros un enorme peso muerto al aceptar ser EL candidato del liberalismo (muy otra cosa hubiera sido aceptar el apoyo liberal). Por último, compitiendo con el margen de error, está Morales.
¿Sí ven cómo esta fotografía contradice una cantidad de estereotipos que se fueron acumulando durante la campaña? Pero también nos ofrece otro dato importante. El uribismo sigue siendo una fuerza política imponente, pero con este candidato no está llegando aún al 40 % de la intención de voto en primera. Es lo que podríamos llamar el “síndrome de las dos quintas partes”. El uribismo puede ganar muchas elecciones (sobre todo las binarias: el que diga Uribe contra algún rival), pero ahora tiene que contar con otro país que va en la dirección contraria, o que simplemente está mirando para otro lado. Así que si Duque llega al poder, se encontrará con una tensión seria. Por un lado, sus auditorios relevantes (esto comienza con el memorioso Uribe, pero va mucho más allá) van a querer cobrarse todas las cuentas habidas y por haber. Esto incluye garantizarse plena impunidad vía revocatoria de las cortes (iniciativa que ya anunció Duque), amplias garantías para los despojadores y ninguna para los despojados, y mano dura contra los opositores (con cierres de canales incluidos). También vengarse de traidores y acusadores. Creo que hay ya una presión real para adoptar medidas excluyentes contra poblaciones específicas. Pero, por otro lado, Duque no gobernará con las condiciones que disfrutó Uribe: una amplia hegemonía política, que en su momento más alto se expresó en el apoyo o simpatía de (casi, casi) las cuatro quintas partes. Eso ya no está allí. Así que Duque tendrá que satisfacer a su gente, pero a la vez darles algo a las otras tres quintas partes. Para poner una metáfora que podría agradar a su mentor y jefe, sentirá a cada momento como si dos caballos tiraran de sus extremidades en dirección distinta.
Duque podrá resolver esta tensión de muchas maneras, pero por ahora utiliza una fórmula que su partido conoce a las maravillas: mentir. Cojan por ejemplo la promesa de “menos impuestos y más salarios”. Como varios comentaristas han notado, en el contexto colombiano la propuesta de menos impuestos para los ricos es fatal. Obviamente importada de Estados Unidos —¿por qué será que aquí no nos asusta el Trumpo-AlexJonismo?—, para comenzar aquí desfinanciaría políticas públicas cruciales. Y lo de más salarios simplemente no cuadra con lo que dice a gritos toda la trayectoria del uribismo, incluyendo los dos gobiernos del caudillo. Pero ese tema ya se me quedó para la próxima columna.
