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Los políticos y los libros

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Francisco Gutiérrez Sanín
26 de enero de 2012 - 11:00 p. m.
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Hace un par de meses, Mauricio García publicó en este diario una magnífica columna sobre el episodio en el que Enrique Peña Nieto, candidato del PRI a la presidencia de México, fue incapaz de ofrecer —ni más ni menos que en la Feria del Libro de Guadalajara— una modesta lista de tres obras que hubiera leído.

García decía que el asunto no le parecía ni tan dramático ni tan condenatorio como tendían a verlo muchos. Un candidato presidencial no debe ser juzgado con los mismos criterios que un profesor universitario. La heterodoxa, pero a mi juicio muy acertada, observación de García suscitó un debate en el que otros varios de los columnistas que acoge El Espectador presentaron sus objeciones a tal punto de vista. Básicamente, lo que dijeron (espero no estarlos caricaturizando) fue que la lectura ennoblece a los gobernantes —de lo cual hay numerosos ejemplos— y que por el contrario la ignorancia los hace peligrosos y zafios.

Este contraargumento me parece a la vez correcto e insuficiente. Primero, porque se basa en documentación selectiva. Pues de la misma manera que en el siglo XX hubo buenos políticos que tenían un íntimo contacto con el mundo de la cultura, también es impresionante la lista de los matones doctos. Hitler y Mussolini eran ávidos lectores; la dirigencia genocida de Camboya había estudiado elegantes posgrados en ciencias sociales en Europa, y así sucesivamente. ¿A quién prefieren: a uno de estos energúmenos o a un tonto insustancial como Peña? Si quieren ejemplos domésticos, nuestros líderes más autoritarios han sido sumamente articulados. ¿Y no se lamentaban nuestros abuelos por vivir en una república mal gobernada por poetas? En realidad, deberíamos admitir modestamente que no sabemos si hay alguna clase de asociación entre lectura de libros y capacidad de gobierno. Y segundo, porque simplemente no da en el punto. Pues si entendí bien, la observación de García se refería no a que no valga la pena leer, sino a que las características de un gobernante destacado no son necesariamente las mismas que tiene un juicioso lector.

Por desgracia, tampoco son las que se necesitan a lo largo de una campaña presidencial. Y aquí sí hay un problema real y serio para las democracias contemporáneas. El cambio tecnológico ha puesto a todos los candidatos bajo un escrutinio riguroso y una presión por respuestas inmediatas, por lo que necesitan ante todo ser moderados en sus apetitos, hábiles y rápidos en sus reacciones, y astutos a la hora de tapar sus ignorancias. Hay una fuerte —y creciente, me temo— divergencia entre el conjunto de destrezas requerido para ganar una elección y el que se necesita para gobernar bien. Esto, de hecho, lo está ilustrando a las claras precisamente la campaña mexicana. Peña Nieto está arriba en las encuestas, por tener una esposa con glamour y por ser vago, inocuo y blando. A la izquierda está López Obrador. Pero Peña sólo perderá si habla mucho, o si salen más detalles de su vida privada, que parece harto más interesante que su perfil público (recientemente circularon acusaciones de que había matado a su primera mujer, le salieron hijos fuera del matrimonio, etc.). Si se sigue debilitando, hasta el desprestigiado PAN podría volver a la lid con Josefina Vásquez Mota, quien sí que es una letrada: escribió una obra como para completar la deriva uxoricida de la política de ese país, titulada Dios mío, quiero ser viuda (no se alarmen, es en realidad un opúsculo de autoayuda). Doña Josefina no hubiera tenido problemas con la aterradora pregunta de los tres libros. ¿Eso la hace mejor líder?

¿Y nosotros? Por el momento, la clave sigue siendo que nuestros políticos al menos ojeen el Código Penal. Por eso, es positivo el esfuerzo del director del Partido Conservador por evitar que su colectividad se llene de hampones.

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