Los otros días, salió la noticia de que éramos el país más madrugador del mundo. Eso provocó reacciones ingeniosas, que oí tanto en conversaciones presenciales como en redes (“Somos el segundo país más feliz del mundo y a la vez el más madrugador. Alguien tiene que estar mintiendo”. El autor de esta estupenda observación me perdonará, pero no registré su nombre).
Sin embargo, de lejos la respuesta predominante frente a la novedad se enunció desde nuestro (casi) todopoderoso complejo de inferioridad. Los más malhumorados se preguntaron cómo podía ser que eso ocurriera en “este platanal” (o “lodazal”). Otros simplemente comentaron...
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