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Parece que la noticia le dio la vuelta al mundo. Un “chamán” —bautizado así por los medios electrónicos de comunicación— recibió como pago por las autoridades distritales cuatro millones de pesos para impedir que lloviera en la clausura del Sub-20.
Ahora, los organismos de control descubrieron el entuerto e hicieron la correspondiente denuncia. Con toda la razón, pues el contrato muestra la incuria de nuestros dirigentes: al tipo no lo hubieran debido encargar de prevenir la lluvia el día del cierre (en efecto, el clima fue inmejorable), sino de garantizar la victoria de los nuestros.
Mal que se vayan los fondos públicos a financiar la radiestesia, que es la disciplina que practica el orondo chamán. Pero no me alcanzó a dar rabia (el chamán, al contrario de muchos de su especie, es un tipo obviamente simpático. Y, además, como se encargó de subrayar uno de sus colegas, salió baratero). Y en todo caso tendría que haber algún recordatorio de que se trata de un evento más de una vida pública que está llena de referencias sobrenaturales, frente a las cuales el chamán puede al menos alegar, como en efecto lo hizo, que logró lo que se le pedía, pues no llovió. Para no ir muy lejos: mientras se desarrollaba el debate sobre la clausura del Sub-20, la prensa comenzaba a calentar motores para cubrir el arribo de la sangre de Juan Pablo II, cuidadosamente guardada en un tubo de ensayo. Esa sangre, se supone, tendrá propiedades salvíficas, y nos curará nuestra violencia y falta de moral. Nuestro vicepresidente, una figura pública interesante, no pierde ocasión de referirse a las propiedades de un Cristo milagroso que queda en el Valle. Por ser su coterráneo, me medio creo el cuento: en la tierra de las caspiroletas, cualquier cosa puede suceder. Aun así... En el gobierno anterior lo que ahora es color local era mensaje entusiasta y colectivo: la piedad hace milagros. La Obra —junto con mil asociaciones de este tipo— parecía omnipresente. El presidente y su gabinete rezaban, píamente concentrados, a santos, vírgenes, y beatitos, y viajaban a consagrarse a ellos. Todo eso, se suponía, produciría efectos maravillosos.
Un amigo me contó la siguiente anécdota de la que fue testigo, también en el anterior período (como sucede con todas las cosas de oídas, ignoro si sea apócrifa). Visitaba a Colciencias, nuestra agencia oficial de ciencia y tecnología, y se encontró con que estaba tomada por unos señores vestidos con faldones, que agitaban hisopos por los corredores de la entidad. La estaban “limpiando”. Eran Caballeros de la Virgen, o algo así. Mi amigo iba acompañado por un grupo de científicos extranjeros, que se entusiasmaron y comenzaron a tomar fotos con sus celulares. Se sentían en otro mundo. De pronto estaban en otro mundo.
Vayamos ahora un poco más allá. Estamos consagrados al Sagrado Corazón de Jesús. Oficialistas y opositores creen, o creemos, en taumaturgos, invocaciones, gotitas redentoras. Los adversarios de Uribe y el uribismo cuchicheaban en los corredores sobre las misteriosas habilidades de J.J. Rendón, y sobre la capacidad del Rasputín del régimen, el psiquiatra Luis Carlos Restrepo, de mandar peligrosos mensajes subliminales en cada declaración: magia negra (mi propia interpretación es más prosaica: son dos pobres tipos, a su manera muy limitados, defendiendo lo suyo, el uno su mercado y el otro su pellejo). Medios y magos nos embuten hasta por las narices la radiestesia, el cuarzo, el horóscopo, y el feng shui. Me pregunto qué porción de esta incansable, entusiasta, apasionada deriva mágico-religiosa ha sido financiada a través de los años con dinero de los contribuyentes. ¿No habrá, por ejemplo, en los próximos días actos oficiales que involucren el plasma del polaco milagroso?
El chamán, señores, es apenas la punta del iceberg.
