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Malos viajes

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Francisco Gutiérrez Sanín
29 de octubre de 2010 - 02:57 a. m.
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ATÓNITOS, LOS COLOMBIANOS EMpezamos a apercibirnos de la magnitud del daño que Uribe y su entorno —en el que se encuentran joyitas como Tasmania, Job, Noguera, el primísimo, el marica al que finalmente nunca le partieron la cara, para nombrar sólo a algunos— le hicieron al país y al Estado.

Montaron desde el DAS una gran trinca dedicada a espiar ilegalmente, intimidar y desinformar. Se necesita una ingenuidad heroica para creer que desde arriba se ignoraba esta clamorosa tramoya. Peor aún, diversos indicios apuntan a que el actual director del DAS, Felipe Muñoz, estaba también enredado en la maraña. Pipe ya ha tenido varios deslices, y no es un enterrador creíble del engendro que dirige. En este particular, creo que al gobierno actual le han faltado unos buenos centavos para completar el peso. Se necesita a alguien de proveniencia distinta para que ponga orden en casa; alguien a quien la opinión (pero también los altos funcionarios a los que el DAS no más ayer espiaba) pueda creer.

Esto del DAS es una pesadilla, una suerte de mal viaje institucional, lo que me lleva a otro tema que llegó esta semana a la primera plana de los periódicos: el referendo de legalización de la marihuana que tendrá lugar en California. También aquí —pero de una manera más benévola— ha sido insuficiente la reacción del Gobierno. Mientras que en lo del DAS se trata de un caso de limpieza insuficiente, aquí nos hallamos frente a un avance significativo pero del que aún faltan por sacar todas las consecuencias. Me explico. Tanto Santos como Calderón manifestaron que de ganar el sí, cambiarían los parámetros de la guerra contra las drogas. Muy bien. Pero, o no advirtieron o no dijeron que en realidad el hecho mismo de permitir el referendo, y de aceptar que éste tiene una posibilidad real de ganar, significa un salto cualitativo que deja la flamante guerra contra las drogas en una posición imposible.

Haga el lector la siguiente composición de lugar. Estados Unidos es por mucho el mayor consumidor del mundo. Su política prohibicionista ha triturado literalmente a muchos estados al sur del Río Bravo. No hablemos ya de los litros de sangre que ha costado. Ahora bien, sus instituciones y sus leyes le permiten —no al Gobierno, que mantiene su orientación prohibicionista, sino a un grupo cualquiera de ciudadanos— promover la legalización. Por consiguiente, se convoca al referendo. Esto es, nítidamente, un evento de ejercicio de soberanía. El precedente que está dejando el referendo californiano es que un país puede poner a consideración de un sector de la ciudadanía —una región, un estado, quizás a toda la población— el estatus legal del consumo. Lo único que nos impide a nosotros hacer lo mismo es el temor a las consecuencias. Pero no se funda una política global legítima sobre un ejemplo tan patente de doble contabilidad. Los presidentes de Colombia y México deberían decir con claridad que, independientemente del resultado, el referendo californiano nos pone en una situación política distinta, que obliga a reconsiderar el rumbo.

El prohibicionismo cerrero del norte ha sido un mal, un pésimo viaje para los colombianos. Cierto: somos especialistas en crearnos nuestros propios problemas. Pero si no cambia la política global sobre las drogas, nuestro futuro está bloqueado.

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