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Metáforas que atragantan

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Francisco Gutiérrez Sanín
07 de noviembre de 2014 - 03:14 a. m.
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Cualquiera que haya paladeado la obra maestra del lingüista George Lakoff (Mujeres, fuego y cosas peligrosas) sabe qué tan importantes son las metáforas para nuestras vidas: es difícil imaginar cualquier proceso cognitivo que pueda ahorrárselas.

El tour de force de Lakoff fue tratar de demostrar que las matemáticas también tenían un núcleo duro metafórico. En la vida pública, acuñar una metáfora afortunada puede equivaler a establecer la agenda de la discusión. Y quien lo hace va un paso adelante...

Por eso me he dedicado a pelear contra el símil que aún rige los debates sobre nuestro proceso de paz: el de tragarse un sapo. Poder evocativo sí tiene. Es fácil imaginar a una persona de clase media alta bogotana haciendo visajes mientras se trata de pasar al inmundo animal. Y me figuro que muchos de los usuarios del tropo se visualizan a sí mismos precisamente en ese papel. Pero el cuento del sapo saca del panorama al menos tres criterios esenciales para poder hacer una evaluación equilibrada del proceso en curso. El primero es la comparación entre esta vía —la de la paz negociada— y las alternativas. Los paladares delicados que deploran profilácticamente los horrores que podrían arribar con la paz olvidan que hoy por hoy están comiendo su ración diaria de sapo: al desayuno, al almuerzo y a la comida. Por necesidad, sin que nadie les consulte. En realidad, con respecto del conflicto armado, hay en esencia tres caminos: mantener las cosas como van, escalar significativamente la confrontación con la esperanza de terminarla rápido, o negociar. No hay más. Me temo que cualquiera de los tres está lleno de batracios. Eso implica que uno no está frente a un problema subjetivo, de gusto, sino frente a uno de optimización. ¿Cómo se obtienen los objetivos? ¿Cómo se minimizan los costos? Es que las decisiones políticas no se pueden evaluar con un criterio estético o lúdico abstracto —“lo más bonito”, “lo más divertido”, como cuando un niño consentido pide un regalo de Navidad—, sino dentro de la restricción de las opciones posibles.

Segundo, el símil del sapo borra de tajo los beneficios que implica arribar a la paz. Estamos bajo el influjo convergente de dos efectos de distorsión. Por un lado, a medida que la paz va volviéndose posible aparece más y más banal. En cierta forma lo es, claro: pero precisamente ahí reside su significado enorme. Conquistar lo básico para convertirnos en comunidad política propiamente dicha no suena ni trascendental ni profundo, pero si no se logra hemos perdido más de lo que podemos imaginar. Pues, por otro lado, llevamos tanto tiempo en esta guerrita que mata pero que no enaltece, que destruye pero casi nunca enseña, que nos hemos vuelto unos provincianos del desasosiego: ya no podemos ni pensar que pueda haber una vida diferente. Plena normalización, pues, de esta barbarie tibia que por lo demás no podría ser más antiestética.

El tercer aspecto que queda por fuera es que la paz es susceptible de abrir ventanas de oportunidad para transformaciones civilizadoras básicas a las que de otra manera no podríamos acceder. No desarrollo el tema pues me he referido a él en otras ocasiones.

De acuerdo: no a la paz a cualquier precio. Pero sí a la paz concebida de manera constructiva. Pasé años oponiéndome a la metáfora melindrosa de la paloma, y ahora cruzo espadas con el sapo: pero en esto estoy siendo consistente. Pues la paz no es ni un acróstico lindo ni un feo animal que haya que embuchar. Es un problema complejo, duro, con costos altos y beneficios potenciales gigantescos, que sólo puede asimilar y resolver una opinión pública adulta. Que requiere de obstinación y claridad más que de gestos (pero los gestos nos atraen tanto...). Y, por consiguiente, de metáforas mejor pensadas.

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