A VECES, PARA ENTENDER POR QUÉ las cosas grandes no están funcionando, es bueno dirigir la mirada hacia las pequeñas. Pues allí a menudo los problemas y variables claves se presentan con mucha más claridad.
Por eso el zipizape del RUNT es un magnífico microcosmos del pantano en que estamos metidos. El episodio es fácil de reconstruir (la Unidad Investigativa de El Tiempo ya ha publicado sus contornos esenciales). El Gobierno decidió crear el Registro Único Nacional de Transporte, lo que en sí no era mala idea. Se trataba de acopiar en un sistema de información datos proveídos —a través de una autodeclaración— por los dueños de los vehículos. El RUNT sería un requisito para obtener la matrícula del carro. Se lanzó pues la licitación para otorgar el contrato. Una empresa la ganó, pero subcontrató con quienes habían perdido, que resultaron ser empresarios conocidos, y queridos, en los círculos íntimos del uribismo. Además, la funcionaria que coordinó todo el proceso ha sido sancionada varias veces. Cuando el RUNT se presentó en sociedad, resultó que nada servía. El flamante nuevo sistema simplemente no recibía los datos. Todos los días había colas enormes de usuarios exasperados. No se podía vender un solo carro. Esta burrada fenomenal se cometió en un momento en que capoteamos una severa crisis económica, que afecta de manera principalísima a la industria automotriz. ¡Ah!, sí, se me olvidaba. Es que además se le ha cerrado el mercado venezolano, un detallito que reiteradamente se nos dijo que no contaba, pues si efectivamente nos llegaban a tirar la puerta en las narices (pero eso no sucedería, Chávez no dejaría desabastecer a sus hogares) al día siguiente empezaríamos a abrir nuevos mercados. Pues mientras eso pasa, la travesura del RUNT garantiza que ni los industriales ni los consumidores se aburran.
Ante el patente fracaso, el país pidió explicaciones. Y las recibió. ¿Cuáles? Primero, cómo no, le echaron la culpa a Bogotá: no podía ser de otra forma. Como esto no pegó, pues la Alcaldía contestó enfurecida, entonces se creó una teoría del complot, lo que, bien visto, era también inevitable. El empresario chambón, un Ángel, afirmó serísimo que fuerzas oscuras no querían que la cosa funcionara. Desde el Ministerio de Transporte le hicieron eco. Había un complot, urdido ora por los enemigos de la patria, ora por los corruptos, para impedirle arrancar al RUNT. Claro, no vayan a pedir nombres. Las películas de horror siempre pierden mordiente cuando aparece el monstruo.
¿Han oído hablar de Ciclotrón, que se puso de moda por una noticia reciente? Parece que es una tecnología que permite saber si una persona en estado casi vegetativo aún tiene reflejos. El RUNT fue el Ciclotrón del Ministerio de Transporte: gracias a él nos enteramos de que todavía da signos de vida. Pero esa su actividad, aunque espectral, es dañosísima. Todo esto puede suceder, y continuar, por una razón muy simple: se premia la fidelidad a una persona y la pertenencia a determinadas redes, no la capacidad, ni el éxito. Es una fórmula que expresa bien, y garantiza, el subdesarrollo. Muy pronto el lector podrá decidir si aún quiere apostar por ella.