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Mirando a África

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Francisco Gutiérrez Sanín
26 de junio de 2010 - 02:58 a. m.
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YA QUE TODO EL MUNDO TIENE PUES- tos, literalmente, los ojos en ese continente, vale la pena sacar de allí un par de ejemplos políticos que pueden ser de interés para nosotros. Muchos países africanos son tan apasionadamente continuistas como lo somos nosotros.

Sin embargo, cada continuismo tiene un significado distinto. Acusar a Uribe de haber africanizado a nuestro país puede ser en unos casos apocalíptico, pero en otros es más bien optimista.

La acusación suena vagamente etnocéntrica, pero no carece de contenido. “Africanizar” querría decir en este caso adoptar prácticas que se han generalizado en contextos que carecen de nuestras largas tradiciones de política competitiva, y que disfrutan de diez veces menos ingreso per cápita (salvo Sudáfrica, a la que le va en fútbol más o menos como a nosotros y que en términos de desarrollo está más o menos a nuestro nivel). La otra cara de la moneda es que muchos de los desafíos centrales que enfrentan los africanos se parecen a los nuestros: dar fin a una guerra civil y/o enfrentar altos niveles de violencia criminal, hacer crecer a la economía, adelantar procesos de incorporación social, democratizar. Cada una de estas tareas es enorme, y está en tensión dinámica con las demás.

¿Qué han hecho frente a este más bien apabullante menú los continuistas africanos? Los sudafricanos y los mozambiqueños son continuistas de partido (Congreso Nacional Africano y Frelimo, respectivamente), pero han adoptado estrategias bastante distintas. En Sudáfrica se produjo un gran proceso de incorporación política y de liberación de un odioso régimen racista, pero en el ámbito económico ni se han derribado las inequidades heredadas ni se ha logrado un crecimiento notable. En cambio, la inseguridad ha crecido alarmantemente. Mozambique, en cambio, obtuvo tasas de crecimiento espectaculares, lo que la ha convertido en la niña consentida de la tecnocracia internacional. El costo ha sido la consolidación gradual de un corrupto régimen de partido único, aunque la antigua contrainsurgencia transformada en fuerza de oposición juega aún un papel real.

Hay también continuismos personalistas, por ejemplo en Uganda y Ruanda. Pero ni siquiera el desempeño de esos regímenes puede ser condenado en bloque. Por ejemplo Kagame, el actual presidente de Ruanda, llegó al poder tras el genocidio de los tutsis, que llevó a éstos a recurrir a la lucha armada. Después de imponerse, Kagame renunció a la política de la venganza, llevó a cada rincón de su país diversos mecanismos de verdad y reconciliación, y puso en movimiento un plan en gran escala para elevar el nivel de vida de los campesinos y generar desarrollo acelerado. Claro, nada de esto ha funcionado a la perfección, pero aún así Kagame parece haber generado el proverbial salto cualitativo.

No digo esto porque crea que ningún resultado positivo justifica algún resquebrajamiento de la democracia, ni que Uribe haya logrado alguna hazaña como las de Kagame o las de Frelimo. Por el contrario. Lean el libro de Mauricio García sobre los jueces para ver cómo se ha debilitado nuestro Estado, sobre qué precarias bases funciona. No. Es que a la distancia se ve que los continuismos se basan no sólo en trampa y brutalidad, sino también en la capacidad de formar coaliciones estables. Si uno aspira a salir algún día de las dinámicas continuistas, hay que entender cómo se han formado aquellas coaliciones, qué han obtenido, qué cemento las mantiene pegadas.

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