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Miren cómo se encoge

Francisco Gutiérrez Sanín

25 de junio de 2021 - 12:30 a. m.

Reportan la empresa Datexco y W Radio que su reciente sondeo Pulso País arroja un grado extraordinario de impopularidad del presidente Iván Duque. Aprueban su gestión el 16 % de los encuestados, mientras que el 79 % la rechazan. Más aún: cuando se trata de la población entre 18 a 24 años de edad, el 93 % tienen mala opinión de él.

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Que un presidente registre un rechazo tan abrumador es ya diciente. Pero Duque ha arrastrado también consigo al abismo del repudio a instituciones que, en el pasado, habían logrado preservar su posición. De lejos, como era natural esperarlo, la más afectada es la Policía, cuyos actos terribles e impresentables hemos podido observar todos los colombianos. El 31 % de los encuestados la aprueban, 64 % la rechazan. Póngase el lector a ponderar las implicaciones que tiene esto, incluso en términos de vida cotidiana, y la brutal hipoteca que les deja a todos los colombianos (incluidos los policiales que quieran respetar a la población y honrar su uniforme).

Algún optimista tituló en un medio digital que “el Ejército se salva” de esta catástrofe. Pienso que no. El 56 % de los encuestados manifestaron tener una imagen positiva de él. ¿Cómo entender esto? Cierto: ha habido un comportamiento diferencial entre las dos principales agencias de seguridad del Estado en estas semanas de protestas. La Policía ha sido de lejos el epicentro de los escándalos. Pero, históricamente, para los militares 56 % de aprobación es bien bajo. Miren cuánto era después de los episodios de horror de los falsos positivos. Miren cuánto fue durante la década de los 90, en la que no faltaron eventos aterradores y sus respectivas denuncias. No tengo los microdatos y por desgracia no encontré ningún medio que lo reportara, pero en las encuestas que sí he podido analizar la opinión sobre las agencias de seguridad también se vuelve peor a medida que la edad disminuye.

Pues ahí lo tienen: un Gobierno que se ha llenado la boca con la palabra “legitimidad” para justificar o poner en sordina toda clase de horrores —desde asesinatos hasta violaciones— no sólo cae en picada, no sólo arrastra consigo a las agencias y sectores institucionales que dice arropar, sino que cada vez más claramente se constituye en una opción de pasado, en una opción que activa y violentamente bloquea el futuro. Sólo que ahora al parecer el futuro lo sabe: se dio por notificado.

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Mientras tanto, el Gobierno y su partido siguen en lo suyo: concentrando poderes, buscando restringir aún más la protesta social, promoviendo políticas inhumanas, absolviendo profilácticamente potenciales delitos —de paso: esto deteriora fundamentalmente la moral dentro de cualquier aparato administrativo, más aún si es armado—, ungiendo contra viento y marea personas cuestionadas en posiciones de responsabilidad, haciendo jugaditas para birlar acuerdos previos o para volver trizas la paz.

Como dije en una columna anterior, estas cosas están operando como una “piel de zapa”. La fabulosa novela de Balzac con ese título describe el mecanismo básico de lo que parecería estar sucediendo. En la narrativa, un joven recibe una piel mágica. Cada vez que el muchacho pide un deseo, la piel se lo concede, pero después se encoge y le quita un poco de energía vital a su dueño, hasta el amargo final.

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En nuestro caso, estamos frente a la siguiente situación análoga. Por medio de una combinación de violencia, chantaje y clientelismo, este Gobierno ha logrado arramblar con casi todo. Y quiere ir por lo que falta (justicia, educación, etc.). Pero la gente no es idiota, estamos en un período de intenso cambio tecnológico, es cada vez más difícil esconder las cosas. Parecería que entre más concentra poder Duque, más opera en el vacío. Las brutalidades, las complicidades, las jugaditas salen a la luz. Y la piel se encoge. No sólo para los dueños del poder, sino para quienes quieran seguir actuando como sus cómplices.

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