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Prometí referirme hace un par de semanas a la carta que el Consejo Gremial (CG) envió al presidente Santos, con un ambiguo apoyo a la paz.
Digo ambiguo porque, junto con la tibia adhesión a ella, contenía un par de referencias crípticas con implicaciones potencialmente alarmantes. Santos, por su parte, dijo que estaba de acuerdo con el contenido de la carta, cosa que me desconcertó. Pues ella está tan llena de mensajes cifrados que no es fácil discernir sobre qué se puede estar de acuerdo o no. El papel de los empresarios en el posconflicto es fundamental, y conozco a más de uno sinceramente entusiasmado con la paz. Creo, por tanto, que es muy importante debatir y clarificar varios de los puntos que el CG pone sobre el tapete.
El primero de ellos es la defensa de nuestro “modelo”. ¡Dice el CG que éste no se puede negociar bajo ningún motivo! Pregunta: ¿qué puede significar esto? Podría tratarse de una referencia en código a no optar por el —desastroso— camino venezolano. Y entonces entiendo y comparto la preocupación. Pero también se podría interpretar como una exaltación puramente reactiva del capitalismo realmente existente en Colombia. Y eso significaría una afrenta no sólo a la sensibilidad, sino a la inteligencia de los colombianos. Porque nuestro capitalismo nativo, especialmente en su versión rural, no pasa casi ningún examen de civilización elemental. Desde los millones y millones de desplazados, hasta los miles de masacrados, pasando por inequidad e ineficiencia mayúsculas, son el saldo efectivo de lo que hemos vivido los colombianos en los últimos lustros.
Precisamente el quid del asunto reside en que entre la ruta adoptada por Venezuela y la colombiana hay un amplísimo, anchísimo, menú de posibilidades. No: no estamos obligados a escoger entre Chávez y Uribe, o entre Cabello y Ordóñez. Triste mundo sería ese que nos pusiera frente a tan amargo dilema. Hay muchas más opciones. Y en todas ellas el empresariado puede jugar un papel muy constructivo. Hay un interesante correlato analítico a este argumento de política (y de políticas): ya es enorme la literatura sobre “variedades del capitalismo” que muestra que el mundo de la economía de mercado admite diferentes modalidades de construcción institucional. La idea básica de las variedades se la debemos a Peter Hall, y se estudió inicialmente en los países desarrollados. Pero se ha ido llevando paulatinamente también al mundo en desarrollo. La conclusión lógica y simple, pero muy importante, de esos análisis es que hay muchos capitalismos. Y todos ellos tienen sus puntos fuertes y sus costos. Aquí, como en el mundo de las ciencias de la computación, opera a plenitud el teorema de “no hay almuerzo gratis”. ¿Queremos escoger una vía de capitalismo político, con transferencias masivas de derechos a amigos y grupos de interés? Entonces tendremos que admitir elevados costos de transacción (en abogados y matones) y niveles vegetativos de violencia igualmente altos (porque las trincas de aspirantes a la transferencia particularista de derechos necesariamente se enfrentarán).
A mí me late que el CG defiende el capitalismo que conocen algunos de sus miembros: el que nos tiene en una guerra de décadas y en una corrupción sin límites, cuyo único paliativo es un crecimiento sostenido pero mediocre. Pero hay otras opciones. Al olvidarlas, el CG adopta una posición miope en el mejor de los casos con respecto de los intereses de los empresarios, y de todas maneras terriblemente olvidadiza. ¿Cómo defender este “modelo” en nombre de la propiedad privada, cuando este es el país del continente que más expropiaciones ha permitido en los últimos años? Despojos masivos legalizados, cometidos a sangre y fuego. Miles y miles.
Habría otra manera de mirar el asunto: la paz como una ventana de oportunidad única para transitar a un capitalismo civilizado. A otro modelo, precisamente.
