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Nadie sabe para quién trabaja

Francisco Gutiérrez Sanín

20 de marzo de 2014 - 08:41 p. m.

Ya varios han hablado sobre el estilo de liderazgo de Santos: darle a cada quien lo suyo, en un delicado ejercicio de equilibrismos que se supone logra mantener a todo el mundo unido alrededor del gobierno.

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 Esto pone al primer mandatario en dos predicamentos. Primero, tratando de darle gusto a todo el mundo arriesga en cambio no dejar satisfecho a nadie. Segundo, a veces las contradicciones y tensiones entre las partes son tan acerbas que fuerzan la toma de alguna decisión, la cual a su vez pone inevitablemente en evidencia el doble, triple, cuádruple repertorio de raseros y planes del primer mandatario. Lo cual en plata blanca significa que el presidente ha incurrido en la fatal confusión entre moderación y ambigüedad, que bien podría a él costarle su reelección, y al país bienes sociales fundamentales (como la paz).

Esta semana saltaron a primera plana dos episodios que retratan este patrón de comportamiento. Los campesinos se tomaron a Bogotá reclamando por el incumplimiento de distintos acuerdos y amenazando con una protesta nacional. En respuesta, Santos dio instrucciones a sus ministros para que negociaran. ¿Pero a quién le hablaba en concreto? ¿A Lizarralde? Si su obsesión, que tuvo que archivar provisionalmente pero que entiendo sigue como uno de los objetivos claves de su política, es distribuir los jugosos baldíos del sur del país entre los grandes. Si hay algo claro es que es la persona menos a propósito para entenderse con los movimientos sociales del campo —movimientos que todavía carecen de una interfaz institucional clara para presentar sus demandas, y que sienten, con razón, que sólo si se hacen sentir les pararán bolas, sobre todo ahora que la llanta de repuesto vicepresidencial pinchó. La única cosa en común que tienen los campesinos que protestan y Lizarralde, es su malestar con el comportamiento equívoco del Gobierno.

El otro episodio, que ocurre mientras escribo estas líneas, es la destitución de Petro. Aquí las cosas son relativamente claras. Los sondeos de opinión y la gran mayoría de los expertos calificaron durante meses severamente a Petro. No le estaba yendo bien al burgomaestre. Sin embargo, cuando el procurador Ordóñez, en una decisión sesgada e irresponsable, lo sacó del juego, la mayoría de la gente se puso de su lado. La desmesura de Ordóñez era transparente y eso provocó la indignación de miles. Típicamente, Santos trató de evadir el problema tomando la posición de árbitro por encima del conflicto. Una cadena vertiginosa de acontecimientos, sin embargo, le impidió escurrir el bulto y ahora lo encontramos en el centro del cuadrilátero, dando y recibiendo trompadas. Pero éste no es un oficio que le guste (cosa que habla bien de él, todo hay que decirlo), o en el que se destaque. Al destituir a Petro, Santos se ganó los tibios elogios de las gentes que quieren comérselo vivo, las martas lucías, los ordóñez, y los óscar ivanes, y en cambio alejó aún más a otro sector de la población.

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Hace mucho tiempo, al anunciarnos que se iniciaba un proceso de paz con las Farc, Juan Manuel Santos declaró que los astros estaban alineados. Ahora parecen estar desalineándose. Más aún, si hay paro campesino y/o los petristas tienen la suficiente fuerza para expresarse de manera masiva, pacífica y organizada, la reelección estará en veremos. Pues resulta que, por esas cosas que sólo vemos en astrología y en política, salió de la nada una tercera opción creíble: Enrique Peñalosa. Y si a Santos un remezón social le quita 10 o 15 puntos de popularidad, como pasó el año pasado, entonces aquel tendrá el plato servido. Lo que significa que es Petro quien en realidad puede elegir a Peñalosa. No hay mejor ironista, estimado lector, que la señora Historia.

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