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Neogranadinos

Francisco Gutiérrez Sanín

25 de mayo de 2023 - 09:05 p. m.

El 21 de mayo se celebró el Día de la Afrocolombianidad. En esa fecha, pero en 1851, el presidente José Hilario López decretó la abolición de la esclavitud.

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¿Cómo puede explicarse ese desenlace relativamente temprano en un país en el que desde el principio los observadores han creído que es difícil, si no imposible (“aquí nunca cambia nada”), propiciar transformaciones positivas?

Parte de la respuesta ha de pasar por el liderazgo político. López era un tipo endiabladamente interesante. Pero el liderazgo, sin las condiciones apropiadas, actúa en el vacío. En 1851 convergieron diferentes vectores que facilitaron el tránsito a un mundo sin esclavitud. No perfecto, ni de lejos. Pero sin esclavitud. Primero, hubo una gran movilización de los propios afros. Segundo, la guerra de la Independencia, así como los diferentes enfrentamientos civiles que había vivido el país, implicaron el reclutamiento masivo de afros y por consiguiente una transformación profunda de su lugar en la sociedad. El general Obando —otra fantástica figura— advirtió en sus Apuntamientos que esto sucedería.

Más aún, los afros fueron generando sus propias expresiones asociativas y políticas, y uniéndose a otras que jugaron un papel clave en esas transformaciones de mitad de siglo (las Sociedades Democráticas). Tales sociedades fueron el escenario de varios encuentros simples e importantes. Diferentes etnias. Diferentes regiones. Diferentes tradiciones políticas: destacados jefes bolivarianos, como el valluno Ramón Mercado, se encontraron con los amigos de Obando, apasionado santanderista, en un mismo proyecto de transformación social.

Que, por lo demás, le costó al país una guerra. Una guerrita, en realidad: las huestes conservadoras, dirigidas por el poeta (sorprendentemente, no mal poeta) y político Julio Arboleda, un propietario de esclavos, se levantaron en armas para defender los sagrados derechos de propiedad legalmente adquiridos. Pero no les fue bien. Las fuerzas gobiernistas, en las que unos afros altamente motivados tenían un papel prominente, dirigidas por Obando, derrotaron a sus adversarios con facilidad.

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Por si las dudas, no estoy ni promoviendo las guerras ni proponiendo una sola interpretación de este episodio (cualquier cambio significativo tiene decenas de maneras de ser leído: la narrativa histórica es un juego de espejos. Pero eso no quiere decir que todo valga). El mundo social de entonces y el de hoy son tan diferentes como el nombre de Colombia lo es de la Nueva Granada, que era como nos llamábamos en 1851. Pero sí es claro que toda la experiencia nos sigue hablando a la distancia, como lo constata el hecho mismo de que en 2002 se haya instituido el Día de la Afrocolombianidad. De alguna manera, cada 21 de mayo muchos nos volvemos a sentir neogranadinos.

¿Por qué? Primero, por la naturaleza fundamental y genuinamente liberadora de ese cambio. Se me podrá objetar que el mundo posesclavitud no fue lindo. Cierto: pero es que ninguno lo es. A nadie (aunque, conociendo a la Colombia actual, empiezo a sentir dudas) se le ocurriría volver a los viejos buenos tiempos en los que unos seres humanos eran los dueños de otros. Pero eso me lleva al segundo punto: la experiencia revela la capacidad de diferentes fuerzas y un puñado de liderazgos claves de generar los puntos de encuentro y las confluencias necesarias para que los cambios positivos sucedan. En el país del “nunca pasa nada (positivo)” y “siempre terminamos en lo mismo”, el decreto del gran José Hilario y las campañas apasionadas del gran José María muestran que este lugar común al menos a veces no se cumplió. Que este equipo de dirigentes haya terminado haciendo agua y desplegando con entusiasmo el fuego amigo no anula el decreto, que se mantuvo, pero sí nos envía también una simple e importante advertencia: el cambio es sobre hacer cosas y también sobre tender puentes.

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Por último, ¿no está vigente también el lenguaje de Julio Arboleda? Es alarmante, pero ya les contaré más adelante por qué creo que sí.

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