Me imagino que todavía habrá quien ponga en duda que el actual régimen venezolano es una desgracia. Percibí hace años, y de manera bastante nítida, el hedor y el dolor provenientes de la flamante República Bolivariana de Venezuela. Que éste régimen entre en una nueva etapa de cierre autoritario y de descomposición no constituye para mí, por tanto, ninguna sorpresa.
Esto, sin embargo, no impide que el discurso de la extrema derecha colombiana, de algunos periodistas y de los noticieros más establecidos de nuestra televisión —en este punto muy alineados— me produzca un profundo malestar. Por al menos dos razones. Primera: aunque la experiencia bolivariana no es muy edificante, la nuestra tampoco es que sea una maravilla. Permítanme ser directo en esto: en varios sentidos es una maldita desgracia. Con el agravante de que muchos de los que se desgañitan acerca de los terribles peligros que nos esperan están íntimamente asociados a ese infierno en la tierra que se instauró en vastas regiones de Colombia, con una violencia que todavía hoy es completamente inimaginable en Venezuela. Claro: cuando uno está acalorado y convencido de tener la razón, lo mejor es tomarse un par de tintos, y mirar un par de cifras. Una y otra acción clarifican la mente y sugieren más pliegues y grises de lo que uno habría imaginado. Pues eso fue lo que hice mientras escribía estas líneas. Miren lo que encontré después de googlear un poco. De este paraíso que es nuestra bien amada Colombia salieron en las últimas décadas para Venezuela entre 600 y 700.000 personas (las actuales autoridades venezolanas triplican el número; ya se sabe qué credibilidad se les puede atribuir). Lo hicieron buscando un mendrugo de pan, trabajo y un respiro para la violencia. Motivaciones muy parecidas a las que están detrás de esta aún comparativamente pequeña ola de retorno. Sólo que los de ahora al menos cuentan con el acucioso interés de periodistas colombianos, prestos a registrar el itinerario de sus afanes. Que yo recuerde, los de entonces, nuestros compatriotas que han huido desesperados y con el alma rota, no despertaron la atención de un solo periodista televisivo, de uno solito. Quisiera que me contradijeran dándome un contra-ejemplo. Me pondría feliz si eso pasa. Porque el contraste es fatal, y moralmente repugnante. Pero creo que el contra-ejemplo no existe.
Detrás de esta industria del miedo hay —y esa es la segunda razón— una grosera simplificación. Se pasa directamente de la catástrofe venezolana a la descalificación de cualquier medida redistributiva o igualitaria. Que la orientación económica del régimen venezolano sea una receta para el desastre es indudable. Pero inferir de esto que cualquier nivelación de nuestra cancha —hoy brutalmente inclinada contra los más vulnerables— conducirá a una catástrofe similar es una falsificación descabellada. De hecho, por razones muy sencillas, podemos encontrar toda clase de desempeños por debajo de nuestro nivel de desigualdad. Como estamos tan alto en el escalafón, hay países menos injustos a los que les va mejor (en términos de perspectivas de futuro y desarrollo), igual e incluso peor que nosotros. En particular: si se fijan en indicadores básicos como infraestructura o crecimiento económico, los ocho años del señor Uribe fueron malos. No hablemos ya de desplazamiento… Cualquier persona que se guíe por las evidencias buscará otra opción.
Durante la Guerra Fría, la gran fórmula de los países limítrofes con regímenes comunistas fue competir a través del desarrollo y la inclusión social. La República Federal Alemana, Taiwán, Corea del Sur (que a principios de la década de 1960 tenía un PIB significativamente menor que el nuestro, y ahora tiene cinco veces más). Hicieron grandes reformas, redistribuyeron, modernizaron, incluyeron. Si dejamos que nos reduzcan las opciones a Chávez, Uribe o a Vargas con su corruptísimo entorno, nos estamos dejando expropiar, ahí sí, el mundo y las opciones de futuro.