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No en mi nombre

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Francisco Gutiérrez Sanín
01 de agosto de 2014 - 04:19 a. m.
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Hace alrededor de una semana, el periodista israelí Ami Kaufman publicó en este diario un estupendo reportaje bajo el título de esta columna.

 Su posición es fácil de resumir: denuncia los peligros y las violencias de Hamás, pero a la vez se opone enérgicamente a la horrorosa ofensiva de su país en Gaza, acompañada de discursos y prácticas cada vez más explícitamente racistas y orientados a justificar el asesinato de civiles inocentes. La matazón de Gaza fustigada por Kaufman nos recuerda qué tan frágiles y vulnerables son esos principios mínimos de civilización que tan a menudo damos por sentados.

También, de manera más indirecta pero acaso más importante, nos recuerda el valor de la integridad. Kaufman no está sólo, y varias voces desde Israel han salido a denunciar estos episodios que escandalizan al mundo. Su artículo (por su espíritu y por su título) me recordó inmediatamente un libro que me causó una profunda impresión: la autobiografía del notable historiador alemán Joachim Fest (Not I, Atlantic Books, 2012). No porque yo caiga en el primitivo garlito de equiparar la pesadilla nazi con este episodio brutal pero completamente diferente por sus circunstancias de tiempo, modo y lugar. He peleado lo suficiente con diferentes formas de antisemitismo explícito o implícito enraizadas en un sector importante de la izquierda latinoamericana como para entrar por ese camino. Más bien porque la narrativa de Fest trata precisamente sobre la integridad, y sobre la capacidad de separarse de un camino identitario que parece inevitable.

Su libro también es fácil de resumir: cuenta cómo los padres del autor resistieron durante más de diez largos años a la hegemonía nazi, pese a saber que eso destruiría sus carreras y sus sueños. Fest papá era profesor, y militante del Partido del Centro (una agrupación más bien a la derecha, que los nazis disolvieron). Era, además, ario, así que el triunfo de Hitler no puso en riesgo de manera inmediata su integridad física. En ese sentido, era un privilegiado. Pero odiaba la brutalidad y la arbitrariedad nazis. Al principio, sus vecinos consideraban esa renuencia suya a alinearse con la solidaridad nacional simplemente rara. Pero a medida que crecía la agresividad del gobierno de Hitler, y éste iba obteniendo éxitos económicos, las cosas se fueron poniendo realmente feas. El gobierno castigó la disidencia de Fest con la pérdida de su empleo, y la comunidad lo castigó con un severo ostracismo. Sin embargo, Fest estaba dispuesto a ir muy lejos antes de condonar el crimen. En su apoyo, y para justificarse frente a su familia —que pagaba todo esto con la dura moneda de la penuria—, citaba una frase tomada del evangelio según san Mateo: incluso si todos los demás lo hacen, yo no. Éste, pensaba, era el principio de toda vida libre y digna de ser vivida.

Yo no hago eso. Eso no se hace en mi nombre. Dos consignas sencillas de la lógica de la integridad, que se oponen a la adscripción identitaria vivida como un destino. No se necesita compartir las preferencias políticas de Fest (padre o hijo) o de Kaufman para entender todo su poder. Y para saber que para nada implican renunciar a luchar por un espacio en el mundo, por las propias convicciones y los propios intereses, o a criticar y confrontar a los adversarios en la vida pública. Pero que sí implican denunciar con más energía y con más seriedad los crímenes cometidos por “mi” gente y por “mi” tribu que los que cometen aquellos, los adversarios. Porque los de mi gente me manchan de una manera indeleble e irreparable, como no lo podría hacer ni mi peor enemigo.

La lógica de la integridad posiblemente esté condenada a ser minoritaria por siempre. Pero ay de nosotros si desaparece.

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