Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Cuando los resultados electorales, o los sondeos, no casan muy bien con nuestras expectativas, tenemos básicamente tres opciones. Una es ignorarlos. Otra es solazarnos en nuestra superioridad: qué feas preferencias tienen los demás. Finalmente, podemos tratar de entenderlos. Las dos primeras son, de lejos, las reacciones más frecuentes.
Esto parecería ser común a todas las familias políticas, no sólo un tic progre. Hay que ver el día de fiesta que se dieron los liberales globales con la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea (el referendo conocido como Brexit). Los que se querían divorciar de Europa eran unos asnos. O simplemente no sabían sobre qué estaban votando. Una leyenda urbana que circuló ampliamente, pero que hasta donde sé ninguna fuente seria ha corroborado, es que la expresión más gugleada al día siguiente del Brexit fue “Unión Europea”. Primero la embarraron, después consultaron en la red... Y así sucesivamente.
A cualquier persona con un mínimo de entrenamiento en estadística elemental se le vienen a la cabeza de inmediato toda una serie de interrogantes que ponen en cuestión tales jeremiadas. Por ejemplo: puede ser que los que quisieron salir estaban mal informados, ¿pero estarían significativamente peor informados que los que se quisieron quedar? ¿Los que guglearon “Unión Europea” al día siguiente serían pro o anti europeos? Nadie tiene la respuesta. En cambio, varios estudios han mostrado que hubo fracturas sociales muy tangibles detrás del resultado. Ante todo, de edad: en una especie de puesta en escena de la fabulosa novela de Bioy Casares El diario de la guerra del cerdo, esto fue un enfrentamiento entre viejos y jóvenes. Los primeros votan más (y, a propósito, probablemente sean más puntillosos con la evidencia). También había un abismo entre el mundo rural y el urbano, y diferencias grandes entre regiones. Un panorama muy distinto al del contraste —simple y reconfortante para el analista, pero desorientador— entre inteligentes e idiotas.
Algo similar sucede con el fenómeno Trump. A más de uno —incluyendo a este columnista— le da ganas de gritar: ¿quién no se da cuenta de que este tipo es un bárbaro y un payaso? Pero es mejor aguantárselas. Porque pese a todo —la demografía castiga a Trump inclementemente: no lo quieren los latinos, las mujeres, los negros—, el tipo tiene una probabilidad real de ganar. No grande, pero real. Y las explicaciones de por qué eso es así comienzan a llegar. Relacionadas no sólo con otras fracturas sociales igualmente notorias, sino también con la imagen de la candidata demócrata, por quien sectores muy amplios de la población sienten una profunda desconfianza. Trump, que tiene instinto para estas cosas, ya la bautizó: “la torcida Hillary”.
Obviamente, hay más, mucho más, de lo que alcanzo a decir en una columna. Millones de personas que se sienten castigadas por las políticas de libre comercio. Valores racistas y excluyentes. Miedos. Pero en el fondo, estas competencias siempre se reducen a una pregunta muy simple: ¿vas a ser capaz de convencer a una mayoría de gente para que apoye tus propuestas? Y si uno quiere que la respuesta sea positiva, entonces no parece ser una buena idea insultar o caricaturizar a los que están contra lo que uno quiere; es mejor tratar de entender y persuadir.
El lector ya se estará imaginando que viene una moraleja colombiana. Y sí. Nosotros también enfrentaremos pronto una decisión trascendental. Y para millones de colombianos ella no es obvia (o lo es, pero en un sentido contrario del que yo creo correcto). ¿Quiénes son y cómo piensan? Tenemos que averiguarlo. Otra estrategia es promover alegres campañas motivacionales, pero sin un conocimiento profesional y profundo de la distribución de preferencias entre la población. Y si perdemos, a desenguayabarnos con la dulce consciencia de nuestra propia superioridad.
