Perdió el Sí en el plebiscito. Cierto: una mitad del país que votó se decantó por la paz. Pero la otra no lo hizo. ¿Cómo llegamos a ese resultado?
Algo puedo decir desde mi experiencia personal. Ya desde principios de agosto dije en esta columna que esta elección vital era perdible. De hecho, me obsesioné con el tema. Repetí el mismo mensaje en todos los tonos, tanto desde esta ventana que generosamente me ha prestado El Espectador, como en persona. A mí, que me da pena pedir cita hasta con el médico, me dio tardíamente por solicitar así fuera media hora a los actores relevantes para implorarles que oyeran las señales de alarma. Nadie me paró bolas: ni los santistas, ni los progres, ni la sociedad civil carnetizada. Explicable: todo mundo estaba ocupadísimo improvisando los rudimentos de una campaña que nunca arrancó del todo, pero que contó con el entusiasmo bienintencionado y genuino de millones de colombianos. Y nadie está obligado a oír las obsesiones solitarias de un académico. En las últimas dos semanas, me tocó dedicarme a hablar de lo que quería que pasara, no de lo que esperaba. En círculos privados seguí confesando mis pesadillas.
¿Cuáles eran aquellas señales de alarma? Primero, viendo los patrones del voto en Colombia era claro que Uribe difícilmente perdería en Antioquia y el eje cafetero, que han sido bastiones fidelísimos suyos durante lustros. Uno podía contar con que Tolima y posiblemente Huila, tan martirizadas por las Farc, también tendrían una gran participación por el No. Aquí ya tenemos un montonón de votos. No se trata de algo terriblemente esotérico; lo puede ver en una jodida hoja de Excel cualquiera que se tome el trabajo. Segundo, aunque venían subiendo en sus registros, tanto las Farc como el Gobierno tenían que cargar con un pesado bulto de impopularidad (aunque por diferentes razones). Los dos gigantes del proceso tenían pies de barro de cara a la opinión. Tercero, en algunos puntos vitales el acuerdo de paz era rechazado por una significativa mayoría de colombianos; esto aplica particularmente a la participación política de las Farc, que a mi juicio es una condición fundamental para una paz sostenible. Pero las diferentes defensas de los diseños acordados en La Habana, sobre todo en estos puntos sensibles, fueron a lo largo de todo el proceso debilísimas. Cuarto, las fuerzas del Sí estaban profundamente divididas.
Frente a estos factores, hubiera sido sensato dejar tiempo a que la campaña pro-paz arrancara y se consolidara (los del No llevaban años bombardeando el proceso), y estudiar cuidadosamente las razones de los indecisos y de los partidarios no radicalizados del No para tratar de convencerlos. También para tratar de entender la estrategia del adversario. Estas son cosas que están en el núcleo de cualquier campaña moderna. Pero cuando uno sugería cosas semejantes recibía como contestación una sonrisa amable pero compasiva. ¿Para qué gastar el tiempo en esos ejercicios? ¿Para qué hacer encuestas serias o grupos focales? Es que íbamos a ganar por una ventaja abrumadora. Es que a nadie se le podía ocurrir que se pudiera votar contra la paz.
Pero obviamente, a mucha gente se le podía ocurrir: específicamente, a más de 6 millones 400 mil personas. Por muchas razones, que en esencia todavía ignoramos. Así que fuimos a la que en efecto era la elección más importante de nuestras vidas imbuidos de un espíritu amateur, y volando por instrumentos. Las grandes encuestadoras, cada vez más descocadas, contribuyeron al despelote general. ¿Cómo siguen en el mercado? Aquí hay una fractura interesante, por lo radical, entre desempeño e incentivos.
Estamos, pues, en el limbo. Las demandas de la extrema derecha son incumplibles, en muchos casos insensatas. A la vez, ganó. Las Farc deben de estar con los pelos de punta. No será fácil salir de esta.