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Obama en El Salvador

Francisco Gutiérrez Sanín

31 de marzo de 2011 - 10:00 p. m.

EN COLOMBIA PASÓ DESAPERCIBIDA LA visita de Obama a El Salvador, el diminuto país centroamericano que va saliendo, en medio de una traumática violencia criminal, de una larga historia de autoritarismo y conflicto.

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Esa falta de interés está en parte relacionada con la pésima información internacional que recibimos. Me acuerdo que cuando comenzó el asunto libio, alguien salió con el embuste de que Gadafi andaba rodeado por una guardia de cuarenta vírgenes, y nuestros noticieros lo transmitieron como una verdad de a puño (y además como algo importantísimo, que no había que omitir). De hecho, mostraban a unas chicas con metralleta en mano, y me imagino que suponían que eso daba los elementos para inferir que, en efecto, eran libias y vírgenes (seguramente eran un grupo de esposas indignadas de Gabón). En algún momento alguien les debió de decir que la cosa no era cierta, y se olvidaron de repente del detalle colorido, pero la calidad de la información siguió siendo deplorable.

Como pasa a otros países que están íntimamente amarrados a la economía de Estados Unidos, El Salvador no ha tenido un buen desempeño económico en los últimos años. El solo recorte gigantesco en las remesas enviadas por connacionales que resultó de la crisis gringa ya lo desestabilizó. Y los temas de seguridad y narcotráfico están a la orden del día. Pero políticamente, los salvadoreños han estado viviendo un proceso interesante. Al final de la guerra, el pacto de paz permitió que interactuaran dos fuerzas políticas, la extrema derecha agrupada alrededor de Arena, y la guerrilla y otros movimientos, agrupados alrededor del Fmln. Contrariamente a lo que sucedió en otros países, los guerrilleros salvadoreños se orientaron a obtener garantías políticas, no conquistas sociales, que, pensaban, provendrían del juego democrático. Esto les mereció muchos reproches, reforzados por el hecho de que Arena parecía eternizarse en el poder.

Sin embargo, al cabo de un tiempo el Fmln ganó las presidenciales y llegó la alternación. Aunque Arena se había corrido hacia el centro por efectos de la competencia electoral, no faltaron los profetas de la catástrofe. Pero ella se ha negado persistentemente a llegar. El nuevo presidente, Mauricio Funes, adelanta en nombre del FLMN un gobierno que expresamente reconoce en el de Lula un modelo, y que intenta combinar moderación con activismo. Nada de esto ha sido fácil, y le ha valido enfrentamientos dentro de su partido, con los empresarios, con protagonistas del proceso de paz que le censuran algunos de los actos simbólicos que ha promovido, etc. No hay gobierno perfecto, no hay política social a cubierto de las críticas, no hay almuerzo gratis. Internacionalmente, Funes se ha distanciado de la lógica bolivariana, y ha intentado un entendimiento con los Estados Unidos basado en la idea de ser un socio y no un sirviente (ni un antagonista histérico, que acaso sea una forma todavía más aguda de subordinación). Que un país pequeño, débil y atormentado, que tiene un porcentaje muy alto de su población en la potencia del norte, haya logrado avanzar en esa agenda en medio de su primera alternación en el poder después del fin de la guerra, es un pequeño milagro.

Vi la entrevista que concedió Funes para CNN con motivo de la visita de Obama y debo confesar que me causó excelente impresión. Me pareció inteligente, serio, correcto, levemente aburrido. Esta última es la virtud superior de los buenos gobernantes democráticos, y solamente se adquiere a través de una laboriosa formación del carácter.

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