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¿Objetivos?

Francisco Gutiérrez Sanín

27 de enero de 2023 - 12:02 a. m.

“La felicidad —en las palabras inmortales de Jerry Lewis— no existe. Por eso, toca tratar de ser felices sin ella”. El atisbo del cómico estadounidense podría parafrasearse con provecho de la siguiente manera: “La objetividad no existe. Por eso, toca tratar de ser objetivos sin ella”.

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Esto, a propósito de la oleada de debates recientes que se han producido en el mundo, en América Latina y en Colombia, cuya pregunta de fondo es: ¿qué tan creíble, veraz, ajustada a la realidad, es la propuesta x o la demanda y? Por ejemplo: parecería que Julian Assange, el fundador de Wikileaks, está a punto de ser extraditado a los Estados Unidos. Independientemente de sus posiciones políticas, la ordalía por la que ha pasado Assange corresponde al intento de dar una señal pública al mundo: quien tome un camino similar, será destruido. Con bastante demora, el New York Times tomó partido a favor de Assange: lo que está en juego para el periodismo independiente no es poca cosa. Pero, ¿qué quiere decir “independiente” en este contexto? ¿No ha promovido Assange toda clase de intereses oscuros? Tanto él como su círculo más próximo afirman en cambio que lo que hicieron fue poner a circular por el mundo información públicamente relevante. “Los documentos hablan por sí mismos”.

Tan o más interesante es el debate que se suscitó recientemente en nuestras redes sociales a raíz de la propuesta de que las influencers —es decir, las personas que tienen impacto sobre la opinión a través de diferentes canales— hicieran públicas sus fuentes de financiación y de apoyo. La propuesta parece más bien benévola. Pero tiene tanto de largo como de ancho. La reacción inmediata —típica de Twitter— fue exigir que la medida se aplicara también a otras categorías de personas. Pero creo que hay algo mucho más de fondo. ¿Hasta qué punto una opinión, una posición, una recomendación, están amarradas (al contexto, a los intereses inmediatos, etc.)? Si el supuesto es que los márgenes de libertad son mínimos, entonces bastaría simplemente con enunciar las características de cada quién (mestizo, hombre, caleño) y de ahí las personas que están en el ajillo podrían deducir de manera más o menos exacta cuáles tendrían que ser sus ideas y propuestas. La biografía, quizás la biología, reemplazarían al razonamiento. No tendríamos reflexión, sino representación. Esto a veces se toma por lo que en el lunfardo de las ciencias sociales se llama “posicionalidad”.

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Obviamente, la idea de la posicionalidad es mucho más seria que esto, y de hecho está respaldada por argumentos tan buenos que ningún estudiante de primer semestre de alguna disciplina social es hoy capaz de pronunciar la expresión “objetivo” sin que le tiemble la voz. No obstante, la dura experiencia de los últimos años —con la apropiación del relativismo extremo por parte de toda clase de tendencias autoritarias— nos sugiere que, si prescinde de estos conceptos inaprehensibles y difusos, la vida pública puede volverse un infierno. Es uno de los muchos problemas de la política identitaria. Cada quién se queda con su propio conjunto de verdades portables. El diálogo —definido por el ensayista ruso Bajtin como una conversación siempre irresuelta entre personas con posiciones diferentes— se evapora.

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No pretendo solucionar en una modesta columna de opinión un debate que ha navegado a lo largo de las décadas y de océanos de tinta. Por el contrario: quiero enfatizar en que no hay solución simple. Salidas cómodas que suenan bien —“tengo mi sesgo, pero al menos lo hago explícito”— ya no son suficientes; creo que nunca lo fueron.

La pregunta por la objetividad no va a desaparecer como por arte de magia: las dinámicas políticas y el cambio tecnológico garantizan que estará cada vez más presente. La reputación por atenerse a la evidencia, por esforzarse en poner en cuestión las propias conclusiones, sigue siendo irreemplazable. No podemos dejar de apostarle a la objetividad. Precisamente porque no existe.

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