La agenda política de esta agitadísima semana inició con una alocución presidencial, que se cruzó con el debate al fiscal Martínez. Martínez no respondió a ninguno de los cargos que se le hicieron, y es de prever que seguirá en lo suyo: un uso oscurísimo, a veces francamente siniestro, de su enorme poder para manejar una agenda que no tiene puntos de contacto con los intereses nacionales. Su exhibición casi obscena de tal poder, sin justificaciones ni pudores, es lo peor que le podría pasar a las instituciones en Colombia. ¿Alguien cree en serio que un fiscal ad hoc solucionará la maraña de conflictos de intereses en la que se ha ido enredando Martínez a través de los años? El tipo debería salir.
El discurso de Duque fue distinto. Nadie podrá decir que su caída en los sondeos se debe a déficits comunicacionales. Duque habla bien y explica sus conceptos con calidez y empatía. Los que le entendí —ducólogos expertos me corregirán— fueron: el núcleo de la actividad de su gobierno son la equidad y la lucha contra la polarización y la corrupción; no se opone a la paz e incluso deja una puerta abierta a la negociación con el Eln con tal de que puedan retornar todos los secuestrados a sus casas; la protesta social es un derecho, pero no debe degenerar en desmanes.
No puedo decir que una sola de estas ideas me produzca repulsa u objeciones fundamentales. Pero tampoco puedo decir que con respecto de una sola de ellas las acciones del Gobierno, y de la coalición que lo soporta, respalden las palabras del presidente. Por el contrario: el abismo entre dichos y hechos es abrumador. Tomen el tema de la equidad. ¿Realmente le parece tan interesante al presidente? Podría comenzar por considerar un indicador clave de inequidad —cualquiera: digamos el Gini, o el porcentaje de la riqueza que acumula el 1 % más acaudalado de la población— y explicar cómo a través de acciones coordinadas va a mejorar su desempeño. Podría explicar cómo su reforma tributaria, que le clavaba el IVA a la canasta familiar para poder subsidiar nuevas exenciones masivas a los inversionistas, era compatible con sus preocupaciones. Podría explicar por qué entre las opciones para reemplazar el proyecto —que Carrasquilla había prometido mantener: pues supuestamente no había plan B— nunca se consideró seriamente meterle la mano al predial de la tierra rural. Podría explicar su indiferencia frente a las tribulaciones de los campesinos colombianos, reflejada no solamente en la gélida distancia con respecto del programa de restitución y el Acuerdo de Paz, sino en el voto de abstención, que considero indecente, de Colombia frente a la Declaración de los Derechos de los Campesinos en la Asamblea General de las Naciones Unidas. 117 países votaron a favor; quien acaso sea el principal desplazador de todo el globo decidió abstenerse. ¿Dónde está la preocupación por la equidad? ¿Dónde, la empatía?
Tendré más que decir sobre este tema particular. Pero mientras tanto permítaseme expresar una duda que me asalta, justo ahora que garrapateo estas líneas: ¿no será que los campesinos no aparecen aparentemente en el radar del presidente porque Mafe Cabal junto con personajes análogos —podría hacer un listado bastante largo— estuvieron entre quienes ayudaron a elegirlo? ¿Qué tan dúctil puede ser la coalición parlamentaria y social de apoyo al presidente frente a una agenda seria proequidad? Ninguna de las dos preguntas es retórica. Nadie se imaginó que Santos fuera por una agenda propaz; pero lo hizo. ¿Es serio Duque en sus propósitos proequidad? Que lo muestre. Hasta el momento los hechos contradicen brutalmente sus palabras.
Lo mismo en lo que respecta a la polarización. Los suyos la atizan. ¿No vieron a Uribe tratando de censurar el documental La negociación porque tuvo la alevosía de sugerir que él y Fernando Londoño se opusieron a la “paz de Santos”?