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¿Odio, rutina, despelote, o todas las anteriores?

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Francisco Gutiérrez Sanín
10 de abril de 2026 - 05:05 a. m.
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El señor Uribe Vélez –el que está libre– se pasó toda la Semana Santa dándole vueltas a la granada que iba a arrojarle a Iván Cepeda. Esto ya tiene algo de profundamente malsano: se suponía que estábamos en un período de reflexión y recogimiento. No para el caudillo, que preparó lo suyo con esa unción que el odio, y después quizás el amor, puede generar.

La flamante denuncia era un cuento desgastado, enunciado exactamente en los mismos términos que ha usado el susodicho por más de dos décadas: la ridícula división del mundo entre “frenteros” y taimados, la insinuación alevosa, la grotesca contabilidad por partida doble, la pequeña vileza de coger a patadas el cuerpo de una persona que fue asesinada (dedicándole la heroica faena a su hijo). Cuántas miserias juntas. Pero, además, un disco rayadísimo. Me pregunto si un sector amplio de los colombianos no está cansado de oír esta tonada desapacible, que es lo fundamental que esta fuerza política tiene para ofrecernos.

La tonada incluye, como fondo, el perturbador ruido de sirenas de patrullas y ambulancias. No se trata solamente de una proclividad profundamente introyectada hacia las soluciones de fuerza, sino de la estrategia política de mantener al país en ascuas. Tanto la Paloma como el Tigre tienen en esto las mismas preferencias: un milagro de la historia natural, pero un terrible augurio para los ciudadanos de a pie. No por casualidad, varias figuras de la extrema derecha han declarado su solidaridad (y su relacionamiento) con el genocida Netanyahu y con Trump, que están empujando a la humanidad hacia el abismo.

¿Ustedes qué creen: será que el país sí está preocupadísimo por saber quién es “frentero” o no? En política, la repetición puede tener un gran efecto positivo, pero también límites. Los repetidores de hoy suelen pasarlos porque creen que podrán reconstruir los éxitos de ayer, pero también porque todo el mundo (incluidos los políticos) hace lo que sabe hacer. En este caso, lo que estamos presenciando es la plena rutinización del odio.

Ella, sin embargo, tiene lugar en medio de un relajo monumental. Es fácil entender por qué. Las dos especies de la familia política de la extrema derecha buscan ampliar su base electoral. Paloma se aguantó a Oviedo para poder moverse al centro. El Tigre sigue tratando de presentarse como renovador para atraer a nuevos votantes. Ninguno de estos esfuerzos casa con lo de fondo, con lo que quieren y pueden hacer.

Hay muchos ejemplos. Paloma clamando que es “una mamá para los petristas” (una mala imitación de la autorrepresentación de Uribe como papá de los colombianos, que al menos tenía una teoría subyacente), pero después su campaña se ha pasado el tiempo diciendo que en realidad provienen de sitios calientes, en donde las disidencias determinan el voto. Si votas izquierda, hueles a FARC. Mamá estigmatizadora. Uribe certificando que Paloma y Oviedo son personas sin odios ni resentimientos. ¡Háganme el bendito favor! Incluso en este mundo inverosímil al que estamos llegando esa garantía no tiene valor alguno. No hablemos ya de De la Espriella y su traílla de escándalos, que revelan que lo que puede renovar es la repetición de lo que se ha venido haciendo durante décadas, sólo que con más brío, violencia y descaro.

Esto no quiere decir que la extrema derecha no tenga potencial electoral. Creo que está siguiendo la estrategia de Kast en Chile, aunque el único que haya declarado que es así sea Duque (o sea, el único lo suficientemente tonto como para no entender que esas cosas se hacen pero no se dicen). De hecho, tiene una oportunidad real de ganar en segunda vuelta. Así que entender lo que significan sus absurdos e inconsistencias, sus ojerizas y tics retóricos, y analizarlos no implica ninguna invitación a la tranquilidad. Por el contrario. Implica muchas preguntas que, me temo, no se han contestado aún.

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