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Para niños y para adultos

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Francisco Gutiérrez Sanín
09 de mayo de 2013 - 11:00 p. m.
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Creo que fue Bertrand Russel quien dijo que era mejor no olvidar suspender el juicio antes de comenzar a leer un cuento de hadas, pero que era peor todavía no acordarse de retomarlo después de terminado.

Algo similar se puede aplicar a la política: escuche con atención y sin rechazar a priori, pero no se olvide de reconstruir después el argumento para ver cómo se sostiene. Presento dos casos de versiones que han hecho carrera entre nosotros, y que sólo pueden sostenerse gracias a una vigorosa suspensión del juicio colectiva.

Primero. Andrés Pastrana, refiriéndose a los grotescos insultos que Nicolás Maduro ha dedicado a Álvaro Uribe, manifiesta que el país no puede tolerar que se mancille el nombre de un expresidente. Santo y bueno. Pero omite información de contexto elemental. Uribe decidió, por su cuenta y riesgo, convertirse en actor político directo en el zipizape venezolano, entre otras cosas para, desde esa posición, hostilizar a sus enemigos aquí. Cualquier periodista que revise con un mínimo de atención los hechos relevantes se encontrará con que nuestro flamante caudillo no ahorró esfuerzos para hacerse visible en el vecino país, hasta el punto de que la oposición tuvo que rogarle que diera un paso al lado (su hiperactividad se había vuelto contraproducente). Y todavía hoy Uribe insiste en participar como un actor más en las luchas y conflictos de Venezuela, algo que ni es el oficio, ni corresponde a la dignidad de un expresidente de Colombia (y que de hecho le hace mucho mal a nuestro país). Él mismo se bajó del pedestal. No hay que hilar muy delgado para entender que parte del cálculo que motivó toda esta operación era desestabilizar las relaciones con Venezuela y, por esa vía, el proceso de paz. ¿Por qué diablos habría entonces que hacerle el juego?

Segundo. A raíz del atentado contra Ricardo Calderón, investigador estrella de la revista Semana, ha vuelto a circular la versión de los hechos aislados y de las manzanas podridas. Todo el mundo sabe que esto es perfectamente inverosímil. En las agencias relevantes, hay gente que cumple con su deber y gente que no. Si se producen diseños institucionales que les dan derechos especiales y ponen a cubierto a estos últimos, a los que no cumplen, o a los que cometen crímenes, dando la señal pública de que ellos se pueden salir con la suya, esto inevitablemente crea las condiciones para que tales gentes se fortalezcan, y sean aceptadas e imitadas, creando terribles costos humanos, y de paso manchando el uniforme y el nombre de los miles y miles que defienden con sus vidas a los ciudadanos de la República. Uso el adverbio inevitablemente, porque una de las pocas cosas que se comportan con la regularidad de un metrónomo en la vida pública es esta. Dé los incentivos y las señales adecuados, y por lo menos un sector importante de personas se moverá en la dirección que era de prever. Si el Gobierno y los líderes del sector seguridad producen incentivos y señales que van precisamente en la dirección equivocada, después, por lo menos, no tienen el derecho de asombrarse de que haya quien entienda el mensaje y lo haga suyo. A propósito, este tipo de orientaciones son la mejor manera de debilitar, no de fortalecer, a las instituciones correspondientes.

En contraste con los cuentos de niños, de vez en cuando recibimos relatos para mayores de edad que alegran el alma. La decisión de la Corte Constitucional de limitar las grandes pensiones no va a tener efectos presupuestales dignos de mención, pero en cambio sí tiene todos los componentes de una política adulta, seria: autocontrol, capacidad de entender los intereses estratégicos y a largo plazo del Estado, búsqueda de legitimidad. Buena esa.

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