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Pasado y presente

Francisco Gutiérrez Sanín

25 de febrero de 2010 - 10:38 p. m.

EN SU PRIMERA COLUMNA COMO nueva huésped de este diario —después de la lamentable notificación de cierre a la revista Cambio—, María Elvira Samper le cuenta a sus con seguridad numerosos lectores que es nieta de Luis Eduardo Nieto Caballero, LENC.

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A este publicista, que combinaba dos cualidades aparentemente contradictorias —la ponderación y la agudeza— le debemos entre otras cosas unas cuantas decenas de aforismos inolvidables.

Como recuerda la periodista, LENC colaboró profusamente tanto con El Espectador como con El Tiempo. Uno se pregunta qué tan imaginable es que Eduardo Santos lo hubiera echado por imprudente. De pronto: no hay que ser ingenuos. Pero no estaría tan seguro. Aunque este Santos tiene pésima prensa —en algún artículo Héctor Abad, otra persona que combina ponderación y agudeza, lo imagina sin embargo farfullando y con la voz aflautada—, en realidad fue un notable hombre público. Tímido y reconcentrado hasta la hiperestesia, combatió a la izquierda liberal y careció de instintos reformistas, en un país desesperadamente necesitado de reformas. Pero se opuso con energía y gran firmeza a todas las aventuras autoritarias. Tenía un agudo sentido de la democracia y del valor del disenso, pero también de la necesidad de construir Estado. Como algunos de sus predecesores moderados —piénsese en José Vicente Concha— encarnó de manera natural, sin ninguna impostación y en algunos momentos estelares con grandeza genuina, la dignidad republicana.

Todo esto representa un doloroso contraste con lo que sucede hoy en día, en donde el caudillismo crudo se expresa a través de la diplomacia de matón de barrio (o de finquero enardecido). No tengo el menor deseo de abrir la caja de Pandora de las nostalgias. En muchos sentidos, hoy estamos mucho mejor que hace 80 años (la fecha de comienzo de la República Liberal). La tarea del analista no es establecer contrastes en blanco y negro, entre el pasado luminoso y el presente deplorable (o viceversa). Como dijo tan bella y simplemente el propio LENC, “contraría la estricta labor histórica la profesión de energúmeno”. A la vez, sí que hay un patrimonio político que tenemos que defender, una lenta construcción republicana que se ha nutrido de aportes de muchos lugares del espectro político, y que la reciente oleada autoritaria —con su encanallamiento, su desmesura, su falta de sentido de lo que representan las instituciones— disuelve y amenaza.

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La amenaza no sólo proviene del alarido, sino de un cambio gradual en las costumbres políticas que conduce directamente al envilecimiento. Aquellos que vieron el debate entre los precandidatos conservadores que transmitió Caracol Televisión el domingo, se habrán dado cuenta de la sorpresa de uno de ellos ante la actitud de perrito faldero de Andrés Felipe Arias. “Esto sí es nuevo”, dijo. Es que en la política no caudillista, a los líderes no les conviene tener seguidores que carezcan de respeto por sí mismos, pues eso los rebaja a ambos. El único programa de Arias, en cambio, es su obsecuencia, su entrega total al caudillo, su denuncia a los desobedientes. Como no soy espeleólogo, no aventuro una interpretación de la psicología subyacente a esta postura. Pero que ella haya adquirido carta de ciudadanía es a la vez un síntoma alarmante y una pérdida para todos nosotros.

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