En este último mes largo, el Gobierno Nacional ha tomado toda una serie de decisiones que van desde lo deplorable a lo controversial.
Esto ha generado una cascada de comentarios en los debates públicos y las redes sociales, entre cuyos protagonistas se encuentran la similaridad y la identidad.
¿Qué tan parecidos son Santos y Uribe? ¿Dónde está la diferencia? O: ¿qué tan parecidos son a Uribe los izquierdistas que combaten con ferocidad a Santos como si fuera el proverbial “enemigo principal”? Estas preguntas tienen un respetable pedigrí en la historia política mundial. Durante largos períodos los partidos comunistas consideraron que todas las fuerzas burguesas eran idénticas. Los centristas han criticado a derechistas e izquierdistas entre otras cosas por su gran parecido (una idea que captura muy bien el dicho “los extremos se tocan”). La derecha radical siempre ha visto a los centristas como conciliadores que en la práctica sirven a los rojos.
Uno a la vez tiene que preguntarse qué tan certeras son estas afirmaciones sobre la identidad entre los actores. La respuesta: rara vez lo son. Un enunciado de un área del conocimiento aparentemente alejada de la política puede venir en nuestra ayuda para entender por qué: el “teorema del patito feo” del físico cuántico Satosi Watanabe. Una de las muchas maneras de plantearlo podría ser: “Un patito feo es tan parecido a un cisne como un cisne a otro”. O una naranja podrida a un tigre o a un procurador general. Las razones detrás de esta conclusión sorprendente no se pueden presentar bien en unas pocas líneas, pero sí su intuición básica. Como todos los objetos o fenómenos tienen un número indeterminado de características, tomados dos a dos pueden compartir (o ser diferentes) en la cantidad de rasgos que se quiera. El procurador y la naranja podrida se parecen en que pesan menos de 10 toneladas. O en que producen mucha impresión a ciertos observadores. Y así sucesivamente. La conclusión de Watanabe es sencilla e importante: toda métrica de similaridad está sesgada, porque para tener sentido debe dar más importancia a algunas características que a otras. Y, digo yo, entre más explícito, claro y reflexivo sea el sesgo, mejor.
Uno puede engolosinarse con estos juegos mentales por horas (o por décadas, dependiendo de las inclinaciones y el carácter). Pero aparte de su raro encanto, los patitos de Watanabe pueden venir en nuestra ayuda en los momentos críticos que sin duda vamos a vivir en el 2016. Porque, precisamente por su tradición y eficacia, la de la identidad total es una retórica a la que se echa mano en momentos de polarización. Y ahí puede jugar un papel fundamental, a menudo funesto. Basta con recordar las cosas que permitió la comparación entre Sadam y Hitler. O con imaginar lo que puede suceder con nuestro proceso de paz si el tópico se lleva a su conclusión lógica.
¿Podemos orientarnos en el mundo sin enunciados del tipo “el objeto A se parece al objeto B”? Claro que no. Como otros juegos en la vida (incluyendo a la política misma), el de la similaridad es peligroso y esencialmente ambiguo, pero indispensable. Pero sí es posible desarrollar un sentido crítico frente a enunciados de identidad total entre tendencias políticas que se han combatido históricamente, porque provienen de la confusión (a veces intencional), y con frecuencia tienen resultados funestos. ¿Recuerdan cómo algunos personeros del oficialismo liberal caracterizaron a Galán como “fascista” por un par de gestos y formas de hablar? Casi siempre es mejor considerar cada fuerza política relevante por separado, evaluándola en sus méritos y en sus debilidades. Operación penosa, si las hay, pero necesaria.
Mantengamos cerca de nosotros a los patos de Watanabe. En este caso juegan el papel estelar de cisnes, a los que tanto se parecen.