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¿Payasos?

Francisco Gutiérrez Sanín

01 de mayo de 2026 - 12:14 a. m.
"¿Cómo se permite la tercera campaña en liza estas frivolidades de aficionado?" - Francisco Gutiérrez Sanín
Foto: Camilo Suárez
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En la fabulosa canción que da título a esta columna, el salsero Andy Montañez dice algo así como: “nadie es lo que quiere, sino lo que puede ser”. Inevitable pensar en ese aforismo mientras se sigue la actual campaña presidencial.

La más reciente –seguramente no la última— puesta en escena de lo que propongo llamar “el principio Montañez” fue la pelea entre Paloma y su fórmula vicepresidencial Oviedo alrededor del nombramiento de Álvaro Uribe como Mindefensa. Se suponía que la flamante pareja representaría el poder del diálogo entre distintos, para establecer una confluencia entre la extrema derecha y el centro. La operación no tenía nada de absurdo. A muchos les pareció primorosa. Sin embargo, cuando Valencia propuso encargar a Uribe de aquella cartera, Oviedo afirmó: “Ese no es el mensaje que se quiere dar”. Pero Paloma lo calló de manera desapacible. “Yo soy la presidenta”, adujo. Una fea fractura pública.

¿Cómo se permite la tercera campaña en liza estas frivolidades de aficionado? Bueno, hay muchas respuestas posibles. La política está llena de ruido y desorden; esa es parte esencial de su naturaleza. También está la tendencia a la chambonada en una corriente que, en su momento cumbre, creyó que podía ganar como le diera la gana. Pero, en este caso, la principal explicación me parece que proviene del principio Montañez. Paloma no puede dejar de ser lo que es.

Pues, en efecto, hay que reconocer que Oviedo tenía razón, aunque expresara sus objeciones de manera pequeñamente astuta (darle el control de la fuerza pública a Uribe es negativo no por sus efectos sobre la democracia, la sociedad y la vida, sino porque sería mal visto). Primero, las abominables violaciones de derechos humanos durante los dos mandatos de Uribe, de las que el caudillo nunca se ha excusado, anticipan lo que podría suceder si en efecto se produce aquel nombramiento. El vil episodio de los falsos positivos, en los que se asesinó a miles de colombianos cuyo único pecado era la vulnerabilidad para presentarlos como caídos en combate, es un punto focal entre varios otros (a propósito, hace rato anticipé en sendas columnas que sucesivas estimaciones nos llevarían a concluir que hubo bastante más de 6.000 víctimas). Segundo, la propuesta revela de manera transparente el contenido real de la campaña: volver al pasado uribista. “Recuperar al país”, dicen. Buena parte del electorado debería sentirse indignado, y con razón, con ese retroceso.

Hay una cuestión más de fondo en todo esto. El uribismo temprano expresó la subordinación plena de diferentes corrientes centristas, incluyendo la tecnocracia neoliberal, a la extrema derecha (también, no se rían ni lo tomen a mal, de sectores de la izquierda). Eso es lo que la fórmula Paloma-Oviedo expresa bien, aunque en tono menor y con mucha menos fuerza que el original. El problema es que ese fenómeno correspondía a otra época; parte del deterioro del uribismo se debió al alejamiento de varias de aquellas corrientes, entre otras cosas, por la intemperancia, la violencia y la obvia criminalización de aquel. Más aún, la extrema derecha actual no ha crecido en el mundo incorporando a los centristas que se puedan montar a su bus, sino denunciándolos y destruyéndolos.

Esas incompatibilidades han permitido el surgimiento en Colombia de una nueva corriente de la extrema derecha, la de Abelardo de la Espriella, más aterradora, menos legible, que gradualmente se va destetando del viejo caudillo.

En esas condiciones, Paloma debería evitar a toda costa mostrarse como una uribista fanática y como alguien que tiene la disposición a ignorar los episodios de horror que muchos no podemos ni queremos olvidar. Pero qué se le va a hacer: “nadie es lo que quiere sino lo que puede ser”. El episodio, sin embargo, puede servir de advertencia a todas las corrientes políticas: los enfrentamientos públicos acalorados entre personas que representan una misma bandera son una clara expresión de subordinación y primitivismo.

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