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Este año trajo consigo múltiples aniversarios, algunos de los cuales caen cerca de mis intereses más inmediatos (como el fin de la Primera Guerra Mundial). No pude comentarlos: el asfixiante ir y venir político de nuestra atormentada coyuntura no me dio un solo respiro. El próximo año promete estar aún más agitado. Mi lóbrega predicción: hay una probabilidad seria de que caigamos de lleno en un nuevo ciclo de conflicto armado, con el fortalecimiento de algunos actores en el terreno y la restructuración de otros, etc. Ya vieron que volvieron las masacres. Si el proceso de paz se hubiera manejado con un mínimo de responsabilidad, nada de esto hubiera sido posible. Pero esa combinación tan nuestra de ineptitud y barbarie sigue produciendo sus efectos, y creo que vamos a un estrellón. Espero con toda mi alma equivocarme. Si no, es necesario hacer una evaluación de las responsabilidades políticas.
Sin embargo, no puedo darme el lujo de cerrar este 2018 sin hacer notar que se cumplieron 150 años de la muerte de Gioachino Rossini, creador de una ópera fantástica y ultrafamosa: El barbero de Sevilla. Rossini tuvo una vida tan rara y tan extraordinaria como su música. Reveló su talento desde la infancia y alcanzó el éxito temprano. Pese a producir obras de notable dificultad técnica, acumuló triunfo tras triunfo; con éstos llegaron una fama sin límites, el dinero, las mujeres y una vida marcada por el desorden (ya ven: no son sólo los cantantes contemporáneos de hip-hop). Rossini había nacido con el gusto por un sentido del humor bufo un poco fuera de lugar —lo que ya desde el principio me genera enorme simpatía por él—, y esto dificultó su aceptación por parte de un último reducto de “comentaristas serios”. Pero con su postrera obra de gran formato, Guillermo Tell, venció incluso aquella resistencia. En un lapso cortísimo había arramblado con todo.
Y entonces… entonces se retiró. Algunos dicen que por el cóctel de enfermedades venéreas (gonorrea y sífilis, entre las comunes por aquel entonces) que ya lo atormentaba. Otros que porque se separó y se volvió a casar. Aún unos terceros, entre los que me encuentro, que por desencanto con la música y sus munditos. Como fuere, a la larga encontró otro arte: la gastronomía. Una vez más, destacó en él. El lector podrá encontrar aún hoy recetas y menús con los tournedós y canelones a la Rossini. Su gula también era proverbial.
Y aún falta un último giro sorprendente: este plácido, gordo y sifilítico genio, ya retirado, produjo una última composición (en realidad, serie de piezas no tan claramente conectadas entre sí), rarísima y maravillosa: Pecados de vejez. Adornó algunas de ellas con títulos estrambóticos (Estudio asmático, Preludio convulsivo, Vals anti-danzante). ¿Ya estaba muy deteriorado, o simplemente se dejó arrastrar por su sentido del humor y la euforia por la libertad conquistada? Me decanto por esta segunda hipótesis.
Tal vez esta trayectoria vital tenga alguna moraleja, pero no sé cuál pueda ser. En todo caso, los pecados se pueden pensar como un chiste —un chiste que chorrea talento, pero que a la vez está lleno de puyas a predecesores y contemporáneos—. Pero mejor que esto es simplemente disfrutar del fluir de esta música, que a mi juicio tiene un sabor a libertad difícil de conseguir en alguna otra parte.
Cambio de tercio. Hablando de bromas, la troleada —no hay otro verbo en español— que le pegó Daniel Coronell a ese pobre diablo que es Abelardo de la Espriella con lo de sus flamantes títulos fue para miles, quizás millones, de colombianos un regalo de Navidad. ¿Por qué este minúsculo gritón ha tenido acceso a tantos auditorios? No tengo la menor idea. Es de esos misterios insondables sobre los que se supone uno debe pensar muy, muy profundamente en estas épocas.
Felices fiestas.
