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El presidente dijo, en su alocución del martes, las cosas que tocaban en el tono que tocaba. Y ese acierto me alegra, porque estamos hablando de la apuesta de una generación. Cierto: el camino es difícil, y tendrá más de un sobresalto. El fracaso es perfectamente posible. Pero la probabilidad de éxito es estrictamente mayor que cero, y creo que ése es por el momento el dato relevante.
Es verdad que, como lo ha mostrado mi colega Mario Aguilera, la otra cosa que ha caracterizado a Colombia en las últimas décadas, aparte del conflicto permanente, es la negociación permanente. Pero la actual tiene diferencias importantes con respecto de las del pasado. Vale la pena ahondar en el punto. Comienzo con el tema más obvio: el militar. Las Farc nunca habían puesto sobre la mesa el desarme y la desmovilización. Quien lea los textos de Jacobo Arenas relativos a las conversaciones con Betancur, verá que en esto los ideólogos del grupo guerrillero fueron bastante explícitos. Querían entrar a la legalidad, pero de alguna manera manteniendo las armas. Ni hablar ya de Tlaxcala o el Caguán. Por primera vez en tres décadas de conversaciones estamos frente a otra partitura.
La otra puerta de entrada a la cuestión militar es la caracterización de las Farc. Estas constituyen el único grupo irregular del conflicto colombiano que logró adquirir una estructura de ejército con estrictas jerarquía y disciplina y cubrimiento más o menos nacional. Por diversas razones idiosincráticas —que ignoraron sistemáticamente quienes pontificaban sobre el “comienzo del fin” y, una vez fallaron sus profecías, taparon el error con un aumento de volumen y comenzaron a hablar del “fin del fin”— las Farc lograron forjar una colectividad más grande, más cohesionada y más disciplinada que cualquier otra. Por eso fueron capaces de absorber golpes muy duros. Al abrir una mesa de negociación, el Estado reconoce que la victoria militar sobre ellas quizás sea muy probable, pero sólo se podrá obtener a un costo enorme y en un plazo indeterminado. Y en el largo plazo, como lo supo decir el buen Keynes, todos estaremos muertos. Aquí, pues, se unen las condiciones de posibilidad (las Farc aceptan dar el paso decisivo si las negociaciones fructifican) con las de necesidad (la lógica de Estado demanda avanzar en esa dirección, siempre y cuando sea posible).
Las Farc deben comprender ahora que el viejo gambito de escalar la guerra para llegar bien a la mesa tiene costos prohibitivos, que ni ellas ni el proceso podrán absorber. Y, por el contrario, les puede quitar todo el espacio. La negociación puede avanzar en medio del conflicto durante un corto período, pero si la guerrilla adopta una actitud de actividad limitada. Sólo así será el proceso viable. Pues, pese a los signos positivos —apoyo por parte de diversas fuerzas, desde el Polo Democrático hasta los dirigentes gremiales, enorme legitimidad internacional—, el proceso contará con el peso muerto de fracasos anteriores y la feroz oposición de, entre otros, Álvaro Uribe, que todavía es una fuerza con la que hay que contar. Afortunadamente, una de las pocas debilidades de éste como político práctico es su incapacidad de rodearse de gente con un mínimo de relevancia; sólo admite pigmeos a su alrededor (pues su mundo se divide entre niños que lo consideran un padre y traidores). Así, a sus dardos, mezquinos y envenenados pero bien concebidos, sólo les ha hecho eco hasta ahora la ululante cacofonía del submundo, amenazadora pero desarticulada. Más atención se debería prestar por el momento a aquellos que puedan tratar de sabotear la paz desde adentro. Como señaló el senador Roy Barreras, el Ejecutivo tiene que estar atento a sus opciones, para no tener enemigos del proceso en posiciones claves. Es mejor darse la pela ahora, cuando se tienen las cartas, que después de meses de desgaste.
