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Diversos análisis ya han identificado algunas de las grandes tendencias expresadas en las elecciones del domingo pasado: resultados mixtos de la principal fuerza del momento, el partido de la U, repunte liberal, retroceso conservador, aparatosa debacle del uribismo —lo que por lo visto empuja al gran líder no a la conciliación sino a una mayor belicosidad—, catástrofe del Polo, rebelión del electorado en numerosos municipios —positiva y heroica en algunos, como Bello y Magangué, mixta y a veces violenta en otros—, buen desenlace en Cali y Medellín, triunfo espectacular de políticos alternativos en circunscripciones claves —Petro en Bogotá, Fajardo en Antioquia—, triunfo amenazante de corrientes turbias en otras tantas —Santander, ¿Valle?—.
En general, creo que el resultado fue positivo, con un no rotundo al extremismo y un nuevo aire para tendencias interesantes. Mucho estará en juego con la gobernación de Fajardo y la alcaldía de Petro. Se trata, empero, de dos casos bien distintos. Fajardo ya fue gobernante y aprobó la materia con un cinco aclamado. Como sistemáticamente busca impedir que lo ubiquen en el espectro derecha-izquierda, lo que pierde en entusiasmo por parte de quienes quisieran una mayor definición lo gana en términos de minimización de antipatías. Pero Fajardo fue alcalde de una ciudad moderna, en crisis, sí, pero con un significativo capital cultural e institucional para enfrentarla. Ahora el potro es diferente. Antioquia ha sido el epicentro de violencias e ilegalidades cruzadas durante lustros y este azote ha dejado marcas de distinto tipo. Los interlocutores y problemas con los que lidiará Fajardo son otros.
¿Y Petro? Por un lado, desde el punto de vista administrativo es una incógnita, como se esforzaron en subrayarlo sus adversarios. Por otro, su trayectoria —seria, brillante y valiente, hay que decirlo— ha dejado tras de sí una estela de rabias, desconfianzas y resentimientos. Permítanme una analogía boxística: si Fajardo es un estilista, Petro ha sido hasta el momento un fajador. Además, se encuentra con una ciudad desordenada, que en los últimos años desandó buena parte del camino avanzado durante los noventa. Sin embargo, contra la recepción más bien poco generosa que ha encontrado su victoria, yo tendería en este caso al optimismo. Desde que ganó adoptó el papel de estadista, desinflando enconos. Se ha sabido rodear de gente de primera (De Roux, Bromberg, Jorge Iván González, para nombrar sólo a algunos), con ideas y peso específico. ¿Sí creen que Bromberg, ese oficiante malicioso del humor escéptico, se va a casar con un proyecto populista vacuo? El hecho de que Petro esté involucrado en la construcción de un proyecto nacional más bien le da incentivos para tratar de hacerlo bien; no veo por qué tenga que verse con malos ojos. Y si en efecto carece de experiencia administrativa, lo que le ha tocado hacer lo ha hecho con excelencia. Tiene las ideas, tiene la fibra y sabe que la ciudad, el país y él se juegan muchas cosas con esta administración que comienza en enero.
Hablando de Bogotá: lo del Polo ha sido terrible, y el errático y desangelado comunicado que leyó Aurelio Suárez a modo de reconocimiento de la derrota demuestra que los dirigentes que sistemáticamente empujaron al Polo al nivel histórico de votación de la izquierda tradicional, el 1%, ni vieron, ni entendieron, ni aprendieron nada. Toda la razón tiene Iván Cepeda al pedir un cambio. Pero no creo que llegue.
En fin: para los que predican sin cesar que en el sistema político colombiano nunca pasa nada, hay que repetir la frase galileana: “Pero se mueve”. Más después de una elección que no cierra ninguno de los temas viejos, pero en cambio abre otros tantos nuevos.
