La Corte Constitucional declaró exequible el plebiscito para refrendar y legitimar los acuerdos de paz alcanzados en La Habana. Ahora hay que ganarlo bien ganado.
Yo les aconsejaría a todos los amigos de la paz que no den por descontado que esto va a ser tarea fácil. Por un lado, está la oposición del uribismo —que es una corriente de opinión nada despreciable, al menos si el criterio es el tamaño (otra cosa es si el criterio es su retórica)—. Por otro, está el desgaste del Gobierno, el despelote de los partidos pro-paz, y la apatía de grandes sectores de opinión.
El problema inmediato consiste en que el plebiscito puede perderse de tres maneras. Primero, quizá no exceda el modesto umbral que tiene que conseguir. Segundo, el “sí” tal vez alcance menos votos que el “no”; muy improbable, pero aún así una opción que tiene que ser considerada. Pero también es posible, en tercer lugar, que el “sí” pase el umbral raspando. Una victoria basada en 4'600.000 votos sería pírrica, y dejaría intactas todas las condiciones para que la orientación desestabilizadora de la oposición de extrema derecha se mantuviera. Los amigos de la paz deberían plantearse una meta mínima de votos a obtener en esta elección trascendental. Algo así como siete millones, como piso.
Hay, empero, un problema relacionado de más largo plazo. Y es la posibilidad de la implementación de los acuerdos en las condiciones actuales. Hoy por hoy el país cuenta con una oposición de derecha que se cree mayoritaria, y que busca alcanzar su amplio menú de aspiraciones y demandas a través de vías no exclusivamente electorales. Planteo las dos aserciones basado en el escrutinio de lo que los uribistas dicen y hacen. Están convencidos de que si su caudillo pudiera presentarse ganaría la Presidencia. Y, a la vez, sostienen que Santos es un dictador castrochavista (no, no es una broma). Y, ajustando su comportamiento a esa caracterización, han buscado nuevos horizontes: desde amagos de revocatoria hasta la conquista de la calle, pasando por la solemne declaratoria de la ilegitimidad del régimen. Tengo que decir que no han apelado a la violencia, pero tampoco han dicho que ella está fuera de toda consideración. En el submundo del uribismo radical y callejero (que también he observado con cierto nivel de detalle), abundan las observaciones coléricas, puntuadas por amenazas y planes violentos. Es el entusiasmo por el “olor de la muerte”, para citar al hacker que usaron y después desecharon. Este discurso más crudo, y acaso más sincero, no ha sido adoptado, pero tampoco desautorizado, por la plana mayor del uribismo. Algunos de sus mandarines, de hecho, lo retuitean a placer.
Los amigos de la paz tienen varios retos. Obtener rápido un mínimo de cohesión. Meterse en la cabeza que hay que superar las lógicas excluyentes. Desarrollar retóricas sencillas que le expliquen a la gente por qué la paz es importante —y no a gente genérica, sino a sectores de opinión específicos, a los cuales hay que dirigirse con objetivos evaluables—. Construir un menú de respuestas a las mentiras repetitivas del uribismo, insistiendo siempre en lo que ofrece la paz al colombiano del común. Los partidarios de la paz no han logrado salir de la defensiva en la que los uribistas los ponen, y entonces a menudo aparecen justificándose, rogándole a la audiencia que crea que no deben nada, pidiendo aunque sólo sea una sesión de abrazos para reconfortar el alma, etcétera. Convénzanse: eso no funciona. Uribe no quiere abracitos: y en eso acierta. El espacio de negociación con él está cerrado: es o la paz o Uribe. Esto podría cambiar, pero por el momento es así. Por eso toca enfrentarlo con inteligencia y sistematicidad, y basados en un diagnóstico serio de qué piensan y quieren los colombianos.