La verdad, el tono duro e intenso que ha acompañado a la campaña plebiscitaria no me causa mayor preocupación.
No sólo es natural en ciertos contextos, y un signo de los tiempos, sino que puede ser hasta un fenómeno saludable. La política programática politiza más a la gente, desata luchas de intereses más serias, pone temas delicados sobre el tapete. ¿No era eso lo que queríamos? Pues esa clase de vida pública generalmente no va acompañada de un tono amable y condescendiente. Una vez más, viene a cuento un atisbo clave de Hirschman: “no todas las cosas buenas vienen juntas”.
Pero la reciedumbre no implica falta de reglas. Me imagino que parte de la aclimatación de la paz consiste en que los colombianos aprendamos la diferencia entre un juego de rugby (que no es letal y está condicionado por algunas reglas, aunque los legos no lo notemos) y una balacera. Esto podría tomar algún tiempo. Pero es mejor que vayamos aprendiendo rápido. A la oposición de extrema derecha hay que combatirla con rudeza, pero a la vez darle toda clase de garantías explícitas. La paz no es contra ella. Y a sus votantes hay que entenderlos y escucharlos. Qué error, qué falta de perspectivas, afirmar o sugerir que los partidarios del “No” son unos idiotas o unos enajenados. No lo son. Y tienen mucho que decir. Como también está mal rechazar con la arrogancia del neófito a los “paracaidistas” que pasaron de la indecisión a apoyar el proceso de paz.
Sin embargo, creo que en el terreno de pasar límites elementales son los partidarios del “No” quienes han actuado de la peor manera. Por eso pienso que el supuesto de que hay aquí una suerte de simetría es erróneo. De hecho, los amigos de la paz dejaron correr mucha mentira indecente y mucho veneno de parte de la oposición extremista, hasta que reaccionaron a la hora de la nona (la historia política de estos últimos seis años podría resumirse en una frase: “mejor tarde que nunca”). El signo más ominoso de espíritu antidemocrático por parte de la derecha no son los gritos de rigor, ni tampoco la alegre manipulación de la verdad (lo único en lo que ha logrado adoptar un tono alegre), ni el saboteo leguleyo al proceso, sino la afirmación de que la aprobación del proceso por parte de los colombianos constituye un “golpe de Estado”. Esta es una afirmación gravísima cuyas peligrosas implicaciones los uribistas dejan en una amenazante ambigüedad.
El razonamiento extremista está constituido por tres pasos. Primero, el proceso de paz da al traste con la Constitución: es un golpe. Vale la pena destacar el carácter totalmente acomodaticio de esta posición: Ordóñez, Uribe y Pastrana han denunciado el golpe con los más distintos pretextos. Se trata de una fabricación. Segundo, no se puede reconocer el resultado del plebiscito. Ordóñez de hecho ya proclamó que habrá fraude masivo. Así, el único mecanismo de legitimación democrática de las mayorías, las elecciones, queda inutilizado. Tercero, el país se encuentra bajo una dictadura de inspiración castrochavista. O casi. Un aspecto divertido de este último eslabón de la cadena es que la larga lista de hampones que han militado en el entorno uribista le sirve a este para rasgarse las vestiduras por los “presos políticos” que tiene el régimen del “oligarca de izquierda”, Santos.
Me asombra que esta doctrina haya tomado carta de ciudadanía sin que nadie la enfrente. No sólo es descabellada, sino que contiene un programa implícito que ya conoce la historia colombiana: apostarle a la desestabilización permanente. Hacer invivible la república. Sólo aceptar la legitimidad básica de un gobierno propio. Una fuerza política significativa con tal discurso puede causar mucho daño. Por eso el plebiscito debe producir una señal clara e inequívoca de dónde están las mayorías.