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Política, fútbol, hípica

Francisco Gutiérrez Sanín

02 de febrero de 2012 - 06:00 p. m.

Colombia, país de sobresaltos. Difícil escoger entre ellos. Hoy optaré por la oferta de Antonio Navarro de ampliar la coalición en el Distrito e incluir en ella nuevas fuerzas para poder contar con mayorías en el Concejo.

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Las declaraciones del flamante secretario de Gobierno levantaron una polvareda. Hubo quien denunció la compraventa de puestos, hubo quien se emocionara declarando que no aceptaría ni vendería nada. Este griterío me parece a la vez ingenuo y malicioso, una terrible combinación que se ve con cada vez más frecuencia en nuestra vida pública.

Ingenuo, porque es de hecho una expresión de completo, de apabullante analfabetismo político. Las coaliciones, los acuerdos, los pactos, son el abecé de la democracia tal como la conocemos, sobre todo si el sistema electoral es de representación proporcional (aunque hoy hasta Gran Bretaña, con su sistema estrictamente mayoritario, tiene gobierno compartido). Quienes están más o menos de acuerdo, establecen una coalición. Si se es miembro de una coalición que está en el gobierno, se ocupan cargos. Así de simple. Iría un paso más allá: nuestra propia experiencia con gobiernos de coalición es posiblemente la mejor —o la menos mala, dependiendo del estado de ánimo y la perspectiva de quien juzgue— que hemos tenido, de acuerdo con muchos criterios claves, incluyendo crecimiento económico, distribución y derechos sociales (y sí, probablemente también seguridad). Así que demonizarlos es un error mayúsculo, en general, en cualquier país y, en particular, en ésta nuestra Colombia, que vive con el corazón en el puño. Ahora bien: es claro que los gobiernos de este tipo sufren de una corrosiva fatiga de material, una vez más aquí y en otras partes, por lo que si se establecen deben ser proyectos a término fijo. Pero eso ya es otro problema.

Malicioso, porque este chirriar de dientes, este desgarrarse las vestiduras, este invocar la pureza, tiene un propósito inmediato, corto y mezquino: embromar a Petro. Puede ser que en el futuro haya muchos motivos para hacerlo. Puede que Petro se embrome a sí mismo, sin necesidad de que le ayude nadie. Ya veremos. Pero para poder evaluarlo hay que verlo gobernar. Y para gobernar necesita margen de maniobra. La única manera que tiene de obtenerlo es fortaleciéndose en el Concejo. Mockus hizo las cosas de otro modo, pero actuaba bajo condiciones políticas diferentes, entre otras razones porque logró construir sólidos apoyos por fuera de los cuerpos colegiados (por ejemplo, en los medios), que lo cubrían y que aumentaban los costos de sabotearlo. Petro no cuenta con ninguna de esas protecciones, ni tiene posibilidad de hacerlo. Aunque todos los políticos y comentaristas sensatos han observado que nos conviene —por la ciudad y por la riqueza de nuestra democracia— que le vaya tolerablemente bien, es claro que había, desde mucho antes de que llegara al Palacio Liévano, gentes y grupos decididos a recibirlo con los taches.

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Por supuesto, hay que estar atentos a que la política de coalición no se convierta en ferias de nóminas y contratos, que es en lo que consiste el clientelismo. Pero —si queremos partidos fuertes, nuevos liderazgos, y esas cosas chéveres que todos decimos que queremos tener— no identifiquemos torpemente la prosa democrática con el clientelismo. Eso es como decir que en fútbol son lo mismo el amor por la camiseta y la violencia.

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Hablando una vez más de ese deporte: ahora me entero de que en Colombia el requisito para ser árbitro de fútbol es ser homosexual, lo que a su vez constituye una terrible enfermedad. Por lo visto, el requisito para llegar a dirigente es, en cambio, ser una bestia. ¿Quién o qué mantendrá a Incitatus González en el curubito?

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