Uno de los objetivos de la Constitución de 1991 fue meter plenamente a la política dentro de la legalidad. Esa aspiración sigue sin cumplirse, y constituye un reto fundamental para el inmediato futuro.
De hecho, el tema sigue tan vivo como nunca en las agendas partidarias. En una serie de declaraciones que desafortunadamente han pasado desapercibidas, el expresidente Andrés Pastrana ha castigado severamente a los conservadores por cohabitar alegremente con el delito. A través de un dilema planteado en su estilo característico —había que escoger entre “los principios y las sábanas”— hostigó al anterior presidente de esa colectividad (uno de cuyos familiares era dueño de un motel). Pero todavía tuvo ocasión de indignarse con un episodio que ocurrió bajo la égida del actual, Efraín Cepeda, cuando el partido organizó una tierna visita navideña a sus conmilitones presos por parapolítica. Con razón dijo Pastrana, escandalizado, que eso significaba pasar por encima de una sangrienta historia de horror, que había destrozado la vida de millones de colombianos. Pero, al parecer, nadie se escandalizó con él.
En Cambio Radical marginaron discretamente a Galán, quien en las últimas elecciones al parecer se había tomado demasiado a pecho la labor de bloquear la concesión de avales a los candidatos sospechosos. De pronto estoy hilando demasiado delgado... El liberalismo vivió sobresaltos más o menos continuos durante la campaña pasada, comenzando con apoyos de Santofimio a sus candidatos. No hablemos ya de la honda crisis del Polo Democrático, que perdió la oportunidad de oro de demostrar que era posible actuar de manera diferente. Pero es la U quien está ahora en pleno viacrucis. Con motivo de la falsa desmovilización del Bloque La Gaitana, a Luis Carlos Restrepo, excomisionado de paz pero también, no se olvide, uno de los líderes de la U, le han sido imputados cargos por la Fiscalía. Su reacción fue atacar a la fiscala por tener un mal marido, y prometer que formará un movimiento en contra de la segunda reelección de Santos. Con un poco de grandilocuencia, se proclamó el principal opositor de Santos en el país; con autoestima ya desbordada, pidió que le alcanzaran la cicuta, en tácita comparación con Sócrates. Yo me imagino que Restrepo sabe en su fuero interno que ni él, ni el movimiento que proclama estar construyendo, tienen la menor oportunidad de prosperar en la política, en la dura política colombiana que él tanto contribuyó a enturbiar aún más. Pero está involucrado en el intento de deslegitimación de una justicia que ha sido fundamental para limitar, combatir y exponer los abusos desde arriba. Esa deslegitimación es hoy por hoy una de las piedras angulares de la política uribista, que después de hacer y deshacer quiere pasar por mártir. Una de las tantas implicaciones graves de su actividad es que está directamente orientada contra el consenso constitucional acerca de la necesidad de reintroducir a la política dentro de la legalidad.
Ese consenso está haciendo agua por varios lados, como lo revela el proceso de reforma a la justicia. A la chita callando, algunas de las propuestas más cercanas al corazón de los imputables han ido ganando espacio. No me extraña, porque hoy por hoy la mayoría de los partidos tienen dos bancadas. Una bancada parlamentaria. Y otra carcelaria. Uno se imaginaría que ante ese escenario, todos los actores del sistema político colombiano interesados en retornar al consenso constitucional dieran señas claras de dónde están parados. Eso, por desgracia, no ha pasado.
Como fuere, el año político en Colombia termina con un montón de cosas, desde las muy positivas hasta las muy negativas. Con un poco de tiempo, suerte y alientos, podremos verlas con más claridad. Felices fiestas.