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Por fuera de la foto

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Francisco Gutiérrez Sanín
05 de septiembre de 2014 - 03:22 a. m.
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Desde su nombramiento en la cartera de Agricultura, Aurelio Iragorri ha hecho dos importantes salidas públicas.

Primero concedió una entrevista para El Tiempo en la que hizo varias declaraciones plausibles: por ejemplo, que para salir de la crisis crónica de la agricultura había que pasar del modelo de “una vaca por hectárea” a un uso del suelo más racional. Un planteamiento que por conocido (ya se había hecho explícitamente en la década de 1930), no deja de ser valioso. Pues una de las muchas particularidades de las tareas pendientes es que hay que volver una y otra vez a ellas; para parafrasear a Uribe, toca insistir, insistir, e insistir (a propósito, esto es algo que olvidan los adversarios de la paz: mientras que no lleguemos a ella, estaremos obligados a repetir las obviedades que la puedan hacer posible. Si no quieren oírlas, dejen que por fin cerremos el ciclo de sangre).

Un par de días después, Iragorri se dejó ver en un desayuno (¿almuerzo?) con los gremios. Allí planteó que su ministerio tenía muchas ineficiencias y problemas, y pidió ayuda e ideas para introducir ajustes. Una vez más: sensato. Pero planteado donde no tocaba, y con quien no era. Lejos de mi pensar que los gremios deban carecer de voz frente al Gobierno. De hecho, sobre éste, como sobre muchos otros temas, aquí importa poco lo que yo piense: los gremios son muy poderosos, y tienen mil canales, formales e informales, para influir sobre la política pública, independientemente de que me guste o no. Que lo hagan literalmente sobre la mesa es más sano a que lo hagan a las espaldas del país. Hasta ahí, santo y bueno. Lo malo es que al ministro Iragorri se le quedaron por fuera de la foto millones de habitantes del campo: la abrumadora mayoría. Estas personas carecen siquiera de una interfaz institucional para poder expresar sus demandas e inquietudes. La analogía con el sindicalismo es simple y directa. Nadie podrá decir que los sindicalistas tienen una vida de ensueño en Colombia (hemos sido durante lustros el país que más los asesina). Pero cuando hay una huelga, o una discusión sobre el salario mínimo, tienen mecanismos institucionales explícitos para hablar con el Estado. Hay ministro e inspectores del trabajo. En el campo no existe nada de eso: sólo un vacío insondable, aterrador.

Ese vacío tiene un efecto fatal sobre los campesinos, pues limita de manera radical su capacidad de agregar y tramitar sus legítimos intereses. A lo largo de las últimas décadas se ha ido consolidando esa ficción grotesca de que los gremios de la producción representan a todos los habitantes del campo, que sería como pensar que el Sindicato Antioqueño pudiera cumplir las funciones de la CUT o la CGT. Así que la interfaz real con la que el Estado opera allí obedece a los principios de una suerte de democracia vacuna, en la que el principio de un “ciudadano, un voto”, ha sido reemplazado por “una vaca, un voto”. Si el lector siente que esto es una hipérbole, haga el conteo de cabezas de a quiénes consultó Iragorri sobre la reconfiguración del ministerio. Iragorri, por supuesto, no se estaba inventando ese proceder; actuaba sobre una tradición sólidamente establecida.

Los campesinos son los principales perdedores, pero no los únicos. El resultado también es fatal para el Estado. Al llegar al campo, simple y llanamente no tiene con quién hablar. Eso da incentivos a muchos actores, incluidas sus propias agencias, para un comportamiento a la vez débil y violento (volveré sobre el tema).

Suerte tiene el ministro. Pues su especialidad es la política pura y dura, y una de sus prioridades como minagricultura debería estar ahí: construir mecanismos de representación mínimamente incluyentes y balanceados en el campo colombiano.

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