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Un mundo soñado

Francisco Gutiérrez Sanín

23 de enero de 2026 - 12:05 a. m.
“Aunque Trump es un caprichoso, la reivindicación de Groenlandia tiene una dimensión programática”: Francisco Gutiérrez Sanín
Foto: EFE - MADS CLAUS RASMUSSEN
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La intentona de Trump de apoderarse de Groenlandia ha mostrado de nuevo que, como dijo el primer ministro de Canadá en la actual reunión de Davos, el viejo orden global liberal caducó y no va a volver.

Reivindicar Groenlandia parece una chifladura desapacible. No lo es. O más bien, para citar al nunca suficientemente ponderado Polonio, “hay método en la locura”. Sentar bases en el Ártico es una vieja aspiración estadounidense. En años más recientes, ella se cruzó con las ideas de pensadores extremistas que reflejan, de manera más o menos deliberada, las aspiraciones y visiones de un sector importante de los líderes de los mastodontes tecnológicos de ese país. En algunos casos, las dos figuras –la del productor de ideas y la del multimillonario– se funden en una sola. Muchos de ellos son filósofos, lo que dejará pasmado al fantástico personaje que, en algún momento, nos explicó a los usuarios de X que “el management es más profundo que la filosofía” (sic). Más allá de la anécdota, esta tendencia a lo grotesco y al humorismo inconsciente de ciertas capas que creen necesitar una legitimación “intelectual” en Colombia es bien diciente.

Pero requeriría una conversación separada. Además, aquí estoy siendo ingrato, pues el dichoso comentario me dio unas buenas horas de risa, lo cual es invaluable en estos momentos. Así que vuelvo al argumento principal. Tomen al alemán Peter Thiel. No estoy convencido de que haya escrito una línea de código en su vida. Estudió filosofía y jurisprudencia en Stanford. Allá conoció a otro filósofo, Alex Karp, cuyo doctorado estuvo a punto de ser supervisado por el famoso pensador alemán Jürgen Habermas (no se pusieron de acuerdo en el tema). Thiel ascendió vertiginosamente y tiene inversiones en múltiples empresas (entre ellas, un gigante del software de seguridad y vigilancia, Palantir y, claro, Facebook). También ha ido desarrollando su visión política, que consiste básicamente en enfatizar que la democracia ha entrado en contradicción irreparable con la libertad, adornando este venerable tema libertario con referencias al Señor de los Anillos, que constituye una de sus obsesiones. También hace énfasis en la necesidad de separar la toma de decisiones de la chusma, sobre todo de los sectores menos favorables a la libertad (como las mujeres). Karp define a Palantir como una “ontología” y plantea la necesidad de que Occidente obtenga una superioridad tecnológica y militar abrumadora mediante el avance tecnológico.

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¿Pero qué tiene que ver todo esto con Groenlandia? Entre los sueños mojados de Thiel, Karp y varios de los autores que se mueven en su círculo y desarrollan sus propuestas (algunos interesantes; de hecho, el principal libro de Karp, Technological Republic, merece una leída atenta) está la creación de “ciudades de libertad”, casi sin impuestos y totalmente desreguladas, en donde la sociedad se pueda reconstruir desde cero con reglas de juego libertarias y alta tecnología. Bueno, de hecho, uno de estos experimentos –Prospera– ya vio la luz en nuestras narices: en Honduras. Lo apoyó el narcopresidente Hernández. Pero la administración saliente de ese país se opuso (lo cual ayuda a explicar el indulto a Hernández por parte de Trump y su intervención en las elecciones hondureñas). Groenlandia, con sus vastos espacios vacíos, se parece mucho más que la subdesarrollada, morena y molestosa Honduras al lienzo en blanco que aspiran a tener estos pensadores plutocráticos para delinear la sociedad del futuro. Debajo de esos espacios hay toda clase de minerales, lo que garantiza a los Estados Unidos largas cadenas de suministros de materias primas vitales (otro de los sueños mojados del combo al que aludo).

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Se puede mostrar fácilmente que muchos de los planteamientos extremistas de este sector se han convertido en políticas claves y decisiones del gobierno de Trump. Aunque Trump es un impulsivo y un caprichoso –junto con características mucho peores–, la reivindicación de Groenlandia tiene una dimensión programática que no deberíamos pasar por alto.

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