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17 Dec 2021 - 5:10 a. m.

Preguntas buenas y malas

Terminamos el años en medio de ruidos y estridencias. Bombazos en Cúcuta. Paro armado en Argelia. Asesinatos de líderes sociales. Escalada de las masacres (que, según Indepaz, ya casi baten la lúgubre marca del año anterior). El reporte de la espantosa masacre cometida por la policía en Bogotá, que no vieron sino aquellos que deliberadamente no querían mirar. Y una ofensiva sistemática contra las libertades públicas, que encabezó el mico colado en el proyecto anticorrupción, pero que de lejos no se reduce a él. El mico este era un globo de prueba. Hemos visto en los últimos años varias intentonas de estas y es perfectamente factible que nos topemos con otras en el futuro inmediato.

Cierto, en contraste hay noticias buenas, incluso esperanzadoras, comenzando por la mayoría femenina en la Corte Constitucional, según reporta este diario. También, el crecimiento económico, la reactivación. Nada de esto se puede o debe ignorar.

Sin embargo, no basta con constatar que el sabor de la información cotidiana es ahora agridulce. Siempre lo es. En algún momento toca hacer un balance, alrededor de un conjunto de preguntas claves. Una de ellas es, por ejemplo: ¿es esta la cara de la proverbial “paz estable y duradera”?

No quiero hacer el papel de aguafiestas, pero creo que la respuesta es no. En cuanto a estabilidad, tenemos más bien poca: andamos de sobresalto en sobresalto y es casi seguro que en ese sentido la situación sólo se pondrá peor en un período electoral en el que las fuerzas oficialistas están por un lado muy rezagadas y por el otro expresan hostilidad activa hacia cualquier forma tranquila de alternación en el poder.

El contraargumento es que estas cosas toman tiempo y que la paz es complicada. Pero si el horizonte temporal de valoración se extiende de manera indefinida, es imposible orientarse en el mundo. Alguna vez le preguntaron al líder chino Chou En-lai qué opinaba de la Revolución francesa y respondió: es aún temprano para hacerse a una idea exacta. Admirable, sabio, profundamente veraz en un sentido no tan difícil de ver, pero poco útil para ubicarse en el aquí y ahora.

Lo mismo podría decirse de nuestra paz. Con la diferencia de que esta, en comparación con la Revolución francesa, no ha terminado aún. Una cosa es mirar hacia atrás procesos históricos; otra, estar en medio de ellos. Lo dijo de manera gramatical pero inmejorable Miguel Antonio Caro: hay una diferencia cierta entre estar jodido y estar jodiendo (leí el apunte en uno de los mejores textos de Malcolm Deas). Está bien cultivar perspectivas de largo plazo, pero estas deben tener alguna forma de traducción al presente. Si alguien me dice muy serio que nos demoraremos 40 o 50 años para llegar a buen puerto, independientemente de cómo se defina esa expresión, porque la paz es intrínsecamente difícil, le responderé: vale, lo creo. Pero esta no es, por definición, una previsión cuya verosimilitud pueda establecerse hoy. De hecho, es una aserción bastante irrelevante, algo así como las profecías de Nostradamus, lo suficientemente vaga y lejana como para que nadie pueda evaluarla o pedirle cuentas.

Para comenzar a hablar en serio de nuestra paz tendríamos que intentar responder las preguntas adecuadas: es decir, aquellas que podamos evaluar. ¿La paz es difícil? De acuerdo. Entonces preguntémonos si parece que estamos superando las dificultades o no. ¿Vamos bien, vamos mal? Tener un Gobierno y un sistema político que justifican disparar contra la población civil, que promueven sin reatos a los violadores de los derechos humanos y que además les ofrecen toda clase de protecciones no es un muy buen augurio, ni permite ver con gran optimismo el porvenir de la paz. En país de tuertos el resentimiento y la rabia son reyes.

Como he repetido muchas veces, no creo que esto sea razón para la desesperanza, sino para la terquedad. Felices fiestas.

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