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Preguntas electorales

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Francisco Gutiérrez Sanín
23 de octubre de 2015 - 03:23 a. m.
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Qué movida semana. Con avances importantes (el acuerdo Gobierno-Farc sobre desaparecidos), escándalos dolorosos (verbigracia los protagonizados por Ordóñez, que ahora quiere emboscar a Cepeda y al superintendente, uno por ser de izquierda y otro por poner, ¡por fin!, a funcionar la regulación estatal), incertidumbres, crispaciones...

Pero ahora se vienen las elecciones, y no es posible ignorarlas.

Q

Las del 25 de octubre plantean tres preguntas. Primero, ¿por qué vota la gente como vota? Desde al menos la década de 1980, una parte muy importante de nuestra intelectualidad ha manifestado su escándalo por la forma en que sus compatriotas escogen a los ganadores. Motivos para un buen dolor de cabeza —triunfos reiterados de diversas clases de hampones, apoyo amplio y persistente al uribismo, etc.— hay de sobra. Y por consiguiente son comprensibles las lamentaciones, o la explicación del comportamiento electoral mayoritario a partir de una simple combinación de violencia y corrupción. Si uno se atiene a esta segunda hipótesis, el voto sería estomacal, y por tanto no expresaría nada. Esto es un poco como privar de voz a la gente que vota como a uno no le gusta. Por esa y otras razones, desde hace tiempos creo que es mejor atacar el problema de una manera diferente: tratando de entender en serio cómo se forman y expresan las preferencias en el país. Frente a esta tarea interesantísima y titánica estamos en pañales. Pero me parece que es una apuesta a la que vale la pena meterle el hombro.

Segundo: ¿qué puede haber de decisivo en ellas? Las elecciones tienen la misma naturaleza que un clásico regional de fútbol. Por un lado, se hacen los domingos. Por el otro, el día anterior la gente cree que son importantísimas, pero tres semanas después ha olvidado su resultado. Claro: hay competiciones con desenlaces irreversibles (el triunfo de Hitler). Pero estas regionales tienen la ventaja de que resisten mil interpretaciones; no se necesita ser un arúspice para predecir con seguridad que el lunes todos los políticos reclamarán la victoria. Naturalmente, si algo pasa en los extremos, entonces sí habrá efectos tangibles. Por ejemplo, una derrota amplia en Bogotá y resultados malos en el resto del país pueden tener consecuencias para el Polo. Un triunfo espectacular del uribismo podría convertirse en un escollo muy real para la paz. Y así sucesivamente. Pero si las cargas se reparten, seguiremos en las mismas.

Y tercero, ¿por quién votar? Vivo en Bogotá, y tenía mi candidato (Carlos Vicente de Roux, a quien espero ver más adelante obteniendo cargos proporcionales a su gran capacidad e integridad), pero nunca arrancó (y me perdonarán, pero predije que eso pasaría). Razón de más para no caer en el garlito de cantar las loas a la persona de mi predilección y los horrores de los otros. Hace rato saqué una columna que decía, palabras más palabras menos, que los tres principales opcionados tenían virtudes y defectos, como candidatos así como gobernantes. Sigo creyéndolo.

Naturalmente, la pelea es muy dura, no sólo en la capital, porque el sistema político colombiano ha sufrido una profunda transformación. En lugar del viejo centrismo bipartidista, con dos fuerzas muy difíciles de distinguir, ahora tenemos un multipartidismo ideologizado. Hay una derecha dura alrededor de la cual giran un par de satélites. Hay un centro, que recoge buena parte de las tradiciones de aquel bipartidismo. Y hay una izquierda bien definida y electoralmente relevante. Hay diferencias reales dos a dos entre estas corrientes. Claro, en algunas cosas se parecen. Pero en otras tienen visiones completamente distintas. Por eso sentimos ahora que las apuestas son más altas. Así que un cambio real, por lo menos en ese sentido, sí ha habido. ¿No pedíamos antaño diferencias más netas entre los partidos? No gimamos. Más bien preguntémonos cómo reconstruir al país desde lo que hay.

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