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Preocupados, pero no serios

Francisco Gutiérrez Sanín

17 de febrero de 2011 - 10:00 p. m.

TIENE RAZÓN EL EXPRESIDENTE Pastrana al lamentar que su partido haya pasado de ser el de Caro y Ospina al de Ciro y la Minina (para parafrasear un dicho no tan lejano de otro dirigente azul, que por lo demás no le hacía ascos al reino animal).

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A la vez, no le podrá negar Pastrana algo de razón a su contraparte. Que el problema de la seguridad siga siendo álgido en el país, y políticamente de la mayor relevancia, es indudable.

De hecho, una de las ventajas estratégicas de Uribe sobre otros políticos fue haber comprendido precisamente eso. Después de él, es difícil imaginar una coalición de gobierno que se raje en el tema. Lo malo es que ni al exaltado profeta del twitter ni a sus discípulos les cuadran las cuentas. Primero, porque ya a finales de la segunda presidencia de aquel había claras señales de deterioro en varios frentes. Segundo, porque durante todos sus ocho años de gobierno hubo crímenes que siguieron produciéndose con gran intensidad; el desplazamiento por ejemplo. Tercero, porque de hecho este año hemos tenido alguna mejoría (de leve a significativa: véase el registro de masacres), en algunos índices importantes.

Y cuarto —sobre todo cuarto—, porque la caridad entra por casa. A la inseguridad en Colombia la nutren muchas fuentes —el conflicto, el narco—, pero una principalísima ha de ser la complicidad institucionalizada con ciertas categorías de infractores. La hemos visto en el caso de los parapolíticos. Sus sitios de reclusión no han tenido un parecido con Auschwitz (como sugirió patéticamente el patético Plinio Apuleyo), sino con la Catedral (como dijo correctamente el propio Pastrana). Más aún: la pataleta de Uribe contra la Corte Suprema de Justicia comenzó cuando ésta lanzó el proceso de la parapolítica. Uribe defendió también a altos funcionarios encartados en delitos graves. No contento con ampararlos desde el gobierno, lo hizo públicamente una vez fuera de él, tendiendo un manto de protección sobre María del Pilar Hurtado y deslegitimando de paso la justicia colombiana. No hay mejor ayuda que se les pueda brindar a los delincuentes y a los agentes de la inseguridad que esa. En todos estos episodios, los que ahora se rasgan las vestiduras por la situación de inseguridad, o han guardado silencio o han estado del lado de la transgresión. Con su actitud, promueven brutalmente el fenómeno que dicen deplorar.

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Lo anterior tiene la mayor relevancia para el próximo torneo electoral, en el que según datos del gobierno hay sesenta municipios en los que existe un alto riesgo de penetración de las bacrim, y otros cientos que enfrentan un riesgo digamos intermedio. A propósito, hasta allí llegó el cuento de que esas fuerzas no tenían ni objetivos ni relaciones políticos. Como fuere, una actividad de esa envergadura significa un grave resquebrajamiento de la democracia —y naturalmente, de la seguridad de todos nosotros—. Pero frente a eso no se oyen ya las voces de los pontífices de la llamada seguridad democrática; callan como bacalaos. ¿Será porque las bacrim se cocinaron en el último lustro? Como fuere, la agilidad felina que ha mostrado el presidente del Partido Conservador al expresar su preocupación por la seguridad no ha tenido su correlato a la hora de preguntarse por qué pudieron evolucionar y desarrollarse las bacrim.

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