TIENEN RAZÓN LOS QUE HAN denunciado el alboroto que trató de armar el señor Ordóñez ante el presunto intento de la igualmente presunta tenaza Santos-Farc de quitarle su cargo. Si no recuerdo mal María Jimena Duzán habló de falta de pudor. No encuentro mejor expresión.
Sin embargo, hay dos aspectos importantes de todo el episodio a los que, hasta donde sé, nadie se ha referido. El primero es que la denuncia es ínfima. Dime qué te trasnocha y te diré quién eres. El señor Ordóñez quiere hacerle creer al país que la tenencia de su cargo es un gran asunto de Estado. No lo es. Es una preocupación microscópica. Fácil de entender, es cierto: pues Ordóñez sin esa alta investidura va directo al cuarto de San Alejo. Mal para el sistema político que lo ungió, bien para él. No puedo más que felicitarlo. Y por eso entiendo perfectamente que ante la presunta amenaza de quitarle hasta su dosis mínima de poder se sienta alarmado y herido en su sentido más fundamental de la identidad. Pero si pudiera dar un paso atrás y tomar alguna distancia, se daría cuenta de que se trata de un asunto que no alcanzará las notas de pie de página de los libros de historia del futuro inmediato, no digamos ya de los siguientes. Es que Ordóñez ni siquiera ha sido elegido, ni reelegido: logró acomodarse a través de la misma clase de acuerdos y redes que ahora les imputa a otros. Creo de hecho que la demanda en su contra tiene que ver con eso. ¿Importante? Nooo... Los funcionarios, señor Ordóñez, a veces obtienen cargos y a veces los pierden; y en ese río caudaloso de cargos que vienen y cargos que se van, los alaridos de triunfo de los que ganan y los gemidos de angustia de los derrotados se confunden en una sola cacofonía informe, de la que no queda nada.
Ordóñez mismo, quien ha aplicado la guadaña administrativa a veces de manera tan arbitraria, debería saberlo. Sólo que ahora contará con todas las garantías. Y posiblemente con demoras protectoras que lo mantengan en su puesto. Debería mostrar algo más de dignidad ante el presunto peligro, y prepararse con calma para todos los escenarios (o “eksenarios”, como dice él: porque entre sus muchos objetos de inquina, aparte de los homosexuales o los políticos modernizantes, está nuestro idioma).
Pero hay un segundo aspecto. El lector habrá notado que en los párrafos anteriores he repetido mucho la palabra “presunto”. Hasta tuve que referirme en el título a un grupo chileno de rock en español que, la verdad, no me gusta mucho. El tema es el siguiente: Ordóñez lanzó —como lo hace con frecuencia— una acusación a la vez gravísima y descabellada basada sólo en presunciones y sin soporte alguno. Cuando se le pidieron evidencias, escurrió el bulto con pretextos candorosos: no, no las presentaré ante “este escenario mediático”. En el escenario mediático puede calumniar y lanzar las especies que quiera. Pero no puede presentar pruebas. Es un truco que sólo vi, ya hace más años de los que quisiera, en la básica primaria: “profesor, yo sí hice la tarea, pero me da pena leerla aquí”.
Y aquí viene lo sorprendente. Ni uno sólo de los entrevistadores —por lo menos de los que leí o escuché— le pidió cuentas como lo haría un adulto: “Si hiciste la tarea, muéstramela”. “Es que la dejé en casa”. “Vale, pide que te la traigan”. Con una pasividad que produce pasmo se aguantaron el infantil acto de prestidigitación, sin llamar a cuentas al alumno incompetente y enredista.
Cuando se dejan pasar estas cosas, es que hay un problema grave. La Colombia moderna y en paz necesita una opinión adulta. Estamos a tiempo para exigir pruebas.