Tenía muchas razones para saber que sería así, pero a la vez estaba seguro de que no podía serlo. Es decir, puse patas arriba el apotegma de Mafe Cabal (cito de memoria, así que si alguno de sus pares es en realidad el o la dueña del genial vislumbre, pido excusas adelantadas). En lugar de “no tengo pruebas, pero tampoco dudas”, me conformé con el más reservado y prosaico principio de “todas las evidencias del mundo apuntan en esa dirección, pero prefiero dudar”. Así me fue. En mi descargo solamente puedo decir que necesitaba paz mental y una dosis razonable de optimismo durante los días feriados de fin de año.
Me refiero, por supuesto, a nuestro sainete con respecto de las vacunas. A finales del 2020, Duque prometió en su programa que llegarían a principios de este. Explosión de júbilo, reproche a quienes no le agradecían apropiadamente al Gobierno su gestión. Pero las benditas inyecciones no aparecieron. Después Duque y su ministro dijeron que la fecha se corría para febrero. Ya, ya mismito están llegando. El Tiempo no más esta semana nos regala con la fantástica noticia de que, “según trascendió”, en febrero arribarán 800.000, y en marzo ya millones. Como verá la lectora, estamos llenos de vacunas.
Sólo que… son vacunas imaginarias. Porque los colombianos no hemos visto una sola, salvo cuando los noticieros pasan el elegante brazo de Kamala Harris recibiendo una dosis. Está el contraargumento de que se trata de un problema objetivamente difícil, con el que se han estrellado gentes harto más eficientes que quienes nos gobiernan. Algo hay de verdad en ello, aunque se aplica más a la logística de la vacunación (no quiero ni pensar en cómo nos irá con eso) que a su adquisición. Como fuere, estoy de acuerdo: es un punto a tomar en cuenta.
Pero es sólo uno. El problema reside tanto en la falta de resultados, como en la forma —a la vez insolente e infantil— con la que el Gobierno quiere arropar su gestión, o la falta de ella, con un manto de secreto. El modus operandi tiene tres componentes. Primero, insultar profilácticamente a quienes demandan información: son “politiqueros”. Segundo, chantajear al país: si sigue pidiendo que le digan qué está pasando, entonces perderá las vacunas. Tercero, inventarse fábulas y lanzar globos de prueba. La principal es que hay “acuerdos de confidencialidad” que impiden que el presidente y sus ministros al fin nos digan cosas elementales, como si lograron negociar las vacunas, y en qué fecha razonable podemos esperar que lleguen. Sí: la principal, pero no la única. Recuerden la puesta en escena de una reunión entre el ministro de Salud y la procuradora para que esta vigilara cuidadosamente lo que estaba haciendo “nuestro Gobierno” con respecto de la operación. O la circulación por parte del primero de un plan de distribución sin fechas.
Me deja pasmado que estas cosas ganen carta de ciudadanía: muestra hasta dónde el absurdo puro y duro se ha ido tomando nuestro espacio público. Y como sé apreciar un buen chiste, estaría dispuesto a reírme a carcajadas si no fuera por los costos humanos involucrados en todo el asunto. ¿En cuánto va el conteo de “fallecidos”? ¿Ya pasó de los 50.000?
En fin. Me he quebrado la cabeza buscando una manera comedida de decirlo, pero no me sale. Dejen de meter embustes para infantes. Dejen de insultar a quienes piden cuentas: en cualquier régimen que pueda aspirar a llamarse democracia tienen que responder. Más en una crisis como esta. Y, sobre todo, dennos la maldita información. Es nuestro derecho tenerla. Dígannos cuándo podemos aspirar a tener las vacunas. Por qué no llegaron cuando lo prometieron. Cuánto costaron. Y si van a circular un plan de trabajo, háganlo en serio y pónganle fecha.
El secretismo solamente contribuye a la corrupción, al desconcierto y a la ineptitud.