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Cuando uno tiene tema, y/o tiempo, habla de lo que entiende (o más bien: de lo que cree comprender, al menos hasta el punto de poder formular preguntas interesantes). Cuando a uno le falta tiempo o tema, o los dos, entonces una buena estrategia es hablar de lo que uno sabe que definitivamente no entiende. Por ejemplo, es posible refugiarse en los muchos misterios inefables que guarda nuestra vida pública. Aquí va un listado muy, muy preliminar.
Por ejemplo, se supone que la noticia televisiva es toda agilidad y presteza. Una señora está diciendo alguna cosa y la cortan. Justificación: el tiempo manda. ¡Pero cuánto desperdicio de palabras encuentra uno en cualquier emisión de nuestros noticieros privados! Parecerían tener unas fórmulas clandestinas para multiplicar la cháchara: nunca diga “agua” sino “recurso hídrico”; nunca diga “la carretera Bogotá-Soacha”, sino “la carretera que de Bogotá conduce a Soacha”, y así sucesivamente. ¿No sería mejor ganar segundos preciosos con un lenguaje llano y dejar que la gente que tiene algo que decir pueda terminar sus declaraciones?
O piense el lector en las reacciones paradójicas del fiscal. Robledo lo ha acusado de haber estado en negocios con Odebrecht antes de ocupar su actual posición. Martínez responde que el cargo es una “infamia”. No tengo ningún elemento de juicio que me permita discernir quién tiene la razón. Pero si es Martínez quien la tiene, ¿no está criticando a Robledo por lanzar una acusación temeraria? Y en ese caso, ¿no cometió él exactamente ese mismo pecado unos pocos días antes, sólo que con muchos agravantes, al declarar que la campaña de Santos había recibido una millonada de Odebrecht, sin tener ninguna prueba? ¿Se dará cuenta Martínez de que se encuentra en un dilema: aún si vence a Robledo (cosa que no doy por descontada), o ambos, Robledo y él, son “infames”, o ninguno lo es?
Hablando de Martínez, ¿entenderá que su uso del plural mayestático y de la tercera persona hierática (“el fiscal general no está de acuerdo...”) es increíblemente risible? Pero en esta auto-representación grotesca no está solo: desde líderes de izquierda hasta el nunca bien ponderado Ordóñez (estilo: “nosotros tememos llegar a un eksenario castrochavista”) la comparten. Todo esto justo en momentos en que el papa Francisco se ha decidido a usar el simple y tranquilo “yo”.
Sí. ¿Por qué será que sufrimos de sobre-representación de políticos sin sentido del ridículo? El campeón del momento acaso sea Peñalosa. Su declaración acerca del metro subterráneo —al cual uno se mete como “una rata”— convirtió el debate acerca del transporte público bogotano en un pequeño problema de identidad —más precisamente, de la identidad del burgomaestre. La gente plus —”people like us”— que sí ha viajado se da cuenta que esa cosa del metro es fea y hiede. La chusma, en cambio... Todo esto dicho como con una papa caliente en la boca.
Claro, en punto a ridiculez Uribe nunca baja del podio. Verbigracia: su esfuerzo por asombrarse por Odebrecht, o por presentarse como líder anti-corrupción. O por destruir el proceso de paz haciéndose pasar por su amigo. Twitter es un pantano, así que no puedo poner las manos sobre el fuego, pero leí un mensaje de Uribe en el que dijo no ser enemigo del proceso, sino querer meterle unos pocos ajustes; segundos después me llegó otro en el que afirmaba que el “cinismo de Santos” “puede generar reclamo social de pena de muerte a narcoterroristas”. Esa es su palabra en clave para denominar a las Farc. ¿Será ese el pequeño ajuste —patíbulo para los desmovilizados— que le piensa meter al proceso si gana las elecciones?
Y hablando de actos letales, el misterio más importante: ¿por qué el gobierno no hace aún nada efectivo para detener la sangría de líderes sociales? ¿Cómo explicarlo?
