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Los titulares de prensa advierten que la Conferencia de Glasgow, cuyo objetivo era supuestamente reunir a líderes mundiales para frenar el calentamiento global, “dejó insatisfecho a medio mundo”. No hablaré aquí de la desangelada presentación de nuestro presidente, a cuya relación alegrona con la verdad tendré probablemente ocasión de retornar, sino del hecho de que cada vez más el marco nacional de tratamiento de algunos megaproblemas se queda corto frente a la magnitud de estos.
Hay varios ejemplos de esto; algunos, como la migración y las economías ilícitas, nos afectan directamente.
Creo que las dificultades para que los llamados “líderes mundiales” lidien de manera adecuada con estos asuntos están relacionadas con tres mecanismos básicos. Primero, miopía. Los horizontes temporales que les fijan los sistemas de incentivos democráticos —incluso allí donde la democracia funciona relativamente bien— son demasiado cortos como para evaluar correctamente el balance de costos y beneficios de las políticas relacionadas con estos problemas gigantes. Por desgracia, ese enunciado aplica tanto a líderes como a votantes. Segundo, efectos distributivos. Aunque todos estaríamos mejor si se hace algo, cada ruta para hacerlo implica escoger ganadores y perdedores: ¿quiénes pagarán? Tercero, cubrimiento. Los marcos nacionales de decisión no han dejado para nada de ser importantes; en cierto sentido son cada vez más fundamentales. Es precisamente allí donde puede haber alguna esperanza —así sea remota— de enfrentar desigualdades y paliar efectos adversos de diferentes políticas públicas. Sin embargo, están muy mal equipados para lidiar con algunos problemas globales. A la vez, los mecanismos supranacionales tienen sus propios vicios. Son demasiado frecuentemente espacios para lanzar gestos vacíos y para la “no toma de decisiones”, un poco como cuando Alicia en el País de las Maravillas celebraba su “no-cumpleaños”. Las desigualdades entre países pesan cada vez más en relación con las desigualdades dentro de ellos, algo que ha sido uno de los varios caballitos de batalla del brillante especialista en estos temas Branko Milanovic. En esas condiciones, unos pocos pesos pesados pueden seguir generando emisiones de carbono, etc., manteniendo los altísimos estándares de vida de su población, mientras le proponen al llamado “Sur Global” —terminacho antipático, pero parece que llegó para quedarse— políticas que pueden ser un peso muerto para su propio crecimiento.
Es fácil ver cómo esas limitaciones interactúan entre sí. Más aún, tales megaproblemas han ido creciendo y ramificándose. Es fácil ver esto desde el prisma colombiano. En la década de 1960 algunas analistas y observadores nos llamaban el “Tíbet de América” por nuestra supuesta insularidad y aislamiento. Después nos convertimos en un expulsor masivo de gente; millones migraron, huyendo de la penuria y la violencia. Los destinos preferidos fueron España, Venezuela y Estados Unidos. Brusca, masivamente y en gran parte a las malas, el país se globalizó. Y ahora, para culminar el proceso, nos estamos volviendo receptores, también masivos, de migrantes de otras latitudes: venezolanos, mayormente, pero también personas de otras nacionalidades, que escogen a Colombia como estación de paso hacia otros destinos. Lo de las drogas ilícitas también fue creciendo de manera aparentemente gradual, hasta que el país terminó convertido en productor de marihuana, coca y amapola, mientras que las autoridades repetían mecánicamente fórmulas que han probado una y otra vez su ineficacia para acabar —a veces siquiera para contener— el crecimiento de las economías ilícitas, pero que en cambio sí han servido para deteriorar y destruir decenas de vidas humanas. Como lo dijo una analista inglesa, algo que configura una auténtica guerra química contra el campesinado colombiano.
En este panorama, las fórmulas globales fáciles —como el cero crecimiento— parecen inaplicables y deletéreas. De hecho, en un contexto de cero crecimiento cualquier esfuerzo redistributivo generaría con alta probabilidad conflictos acerbos e irresolubles. Para enfrentar estos macroproblemas, tendrán que aparecer innovaciones institucionales y de política tanto en el plano nacional como en el global. Lo malo es que tiempo de sobra no tenemos…
