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QUIERO EXPLICARLES PORQUÉ ES- toy de pelea con la especie humana. No, no es por la poco edificante romería de mandarines uribistas por los pasillos de la fiscalía (y por esos otros pasillos de la calumnia y la brutalidad, por los que transitan como Pedro por su casa).
Sino por la aparición de un pulpo que ya ha predicho, sin equivocarse una sola vez, siete resultados seguidos del mundial de fútbol. Los curiosos pueden buscar sus pasmosas hazañas en You Tube. El pulpo observa durante largo rato dos cajas con las banderas nacionales de cada equipo, y después de muchas indecisiones abraza dulce, morosamente, la del que va a ganar. Si se parte del supuesto –perfectamente razonable—de que para el molusco adivino la probabilidad de que cada equipo gane es del cincuenta por ciento, la probabilidad de arribar a siete éxitos seguidos por puro azar es menor al uno por ciento.
Ahora bien: aunque los pulpos son considerados animales sumamente inteligentes, su cerebro no puede compararse con el nuestro. Los humanos tienen una mente tan poderosa que inventaron esa maravilla que se llama estadística. Sin embargo, en las elecciones pasadas un colectivo de representantes de nuestra especie, utilizando tal herramienta, produjo sistemáticamente resultados descabellados. No digamos ya que por debajo de los estándares del pulpo síquico –que en perspectiva se antojan demasiado exigentes-, sino peores que los de cualquier invertebrado del montón, quizás incluso que los de un objeto inanimado (como una moneda).
¿Por qué suceden tales cosas? Mi explicación es que ese mismo desarrollo evolutivo que generó un Pascal creó dos clases de mecanismos que no sólo permiten la ineptitud, sino que la perpetúan. El primero son simplemente las excusas. En la medida en que vivimos inmersos en el lenguaje, podemos desarrollar destrezas para orientarnos en el mundo, pero también para explicar porqué no lo hacemos (o ambas). Los pobres pulpos, en cambio, son naturalmente darwinistas, si se me permite este chiste obvio. De mil pulpos a los que se les den más o menos bien los augurios, sólo uno aparecerá en You Tube (el más acertado, el más sorprendente), y por consiguiente será el que goce de buena alimentación y tratamiento especial. De mil encuestadores, quizás los de más notoriedad, los más gordos, no son los que mejor predicen, sino los que mejor explican por qué no pudieron predecir.
El segundo es la delegación catastrófica hacia arriba. Todos los que cometen (cometemos) equivocaciones apenas pequeñas lo conocen. Los errores cotidianos, banales, merecen reprimendas severas. Las burradas, las que producen los grandes ridículos y cuestan millones y millones de pesos, pasan sin castigo. La razón es sencilla. Una embarrada realmente grande compromete la cadena de mando hacia arriba. Piense el lector en una encuesta muy mal hecha. Terminan sintiéndose responsables los que la financiaron, los que la comentamos, los que operaron con base en ella. Y por consiguiente, todo el mundo termina guardando silencio.
De hecho, hubo durante la pasada campaña indicios muy claros de que muchas encuestas no valían el papel sobre el que estaban escritas. Y (casi) nadie dijo nada. Y no se produjo ningún debate serio después de consumados los hechos. Sí, claro, he estado dramatizando. No es como para pelear con la especie. Pero, mientras no haya un análisis sobre lo que pasó, me quedo con el pulpo.
