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¿Quién es Teodoro?

Francisco Gutiérrez Sanín

07 de octubre de 2010 - 09:57 p. m.

EL PROCURADOR GENERAL DE LA NAción ha puesto de moda la inferencia muy, muy indirecta. En el caso de Piedad Córdoba se ha apoyado delicadísimamente en evidencia oblicua e inconsútil como la túnica de Cristo.

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Una perspicacia que permite compararlo con, digamos… no, Sherlock Holmes o Poirot, no, porque eran solterones y probablemente homosexuales. Miss Marple, una mujer, tampoco. ¿Y quién quisiera igualarse a Maigret, ese jansenista? Bueno, con alguien muy, muy astuto y capaz de hilar delgado, como él mismo.

Ahora Ordóñez enfrenta una tarea compleja, dura, a la altura de una mente como la suya: averiguar quién es Teodoro. Planteo el problema en forma de nombres en clave, porque es más emocionante así. Pero aún sin este detalle realmente la cosa parece la trama de una novela de detectives. Véase: Se han cometido en un pueblo —llamado Colombia— toda una cantidad de crímenes. Crímenes escandalosos y públicos. Nadie entiende muy bien quién los ordenó ni para qué se cometieron; sólo sabemos que todos ellos favorecen a una persona. Llamémosla Teodoro. Así, por ejemplo, dos de los caracteres de la obra —Yidis y Teodolindo, pues esta historia está llena de nombres raros— vendieron un voto suyo a cambio de una serie de prebendas. Ya empezamos a saber quién las ofreció y otorgó; pero el cambio del voto sólo podía favorecer a Teodoro. Después, una serie de detectives torcidos, que delinquían sistemáticamente, espiaron, intimidaron y armaron montajes contra políticos, magistrados y periodistas. Piénsese por ejemplo en Iván Velásquez, magistrado auxiliar de la Corte Suprema. Lo mismo les pasó a los principales, aunque hay que decir que algunos sufrieron la persecución con particular virulencia: precisamente aquellos que le habían producido a Teodoro los peores ataques de bilis. Gustavo Petro y Piedad Córdoba también fueron blanco de ataques. Lo único que tienen estas gentes en común es que fueron señaladas públicamente por Teodoro como enemigos y terroristas. De hecho, se sabe —pues la prensa ha publicado algunos de los mensajes cruzados— que los detectives torcidos singularizaron a sus víctimas porque suponían que, al ser enemigos de Teodoro, lo eran también del Estado.

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¿Hay más? Sí, mucho más, tanto que no cabe en el espacio de una columna. El señor Bernardo Moreno habló al parecer con el detectivismo, pidiendo información que pudiera inculpar a los magistrados. Dudo que el señor Moreno tenga algún diferendo personal con ellos, o algún problema sicológico que lo lleve a atacar automáticamente a quien lleve una toga. Si descartamos hipótesis como éstas, entonces la única explicación razonable es que estaba sacando buenos los intereses de su jefe, Teodoro. Éste, a propósito, lo es también de todos los demás encausados en estos tristes episodios. No hablemos ya de eventos como el de la reunión a medianoche con Job, alguien que pese a su nombre distaba mucho de ser un santo. Se me acabó el espacio, pero podría seguir.

Yo hoy quería hablar de Ecuador, en donde están pasando cosas graves e importantes (prometo hacerlo la próxima semana). Pero por el momento ruego a Dios que Ordóñez, o alguien más, logre descubrir quién es Teodoro. Por la tranquilidad del pueblo, por elemental justicia y por el honor del sabueso que protagoniza la novela.

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