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Quiero tener un millón de amigos…

Francisco Gutiérrez Sanín

14 de agosto de 2026 - 12:05 a. m.

El terremoto con epicentro en Chocó y que afectó a 14 departamentos nos dejó en la retina escenas terribles. Me dolieron las imágenes de la destrucción de Cali. Después, ha llegado una oleada de solidaridad sólida y generosa.

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Eso alegra. Pero, mientras tanto, la dura política –la nuestra, la de otros– sigue su curso. Pues las tragedias ni acaban con ella, ni cambian a todo el mundo para mejor, ni hacen que los que carecen del sentido básico de empatía lo descubran de repente. Y muchas cosas que merecen atención, grandes y chiquitas, están pasando.

Una grande, que fue tratada por la mayoría de los medios de comunicación como chiquita, es la captura de Saúl Severini, quien se ha acogido a la JEP y ahora está comenzando a confesar. Severini –a quien he seguido durante años– es, en un sentido, típico y, en otro, extraordinario. Típico en el de que fue un gran ganadero que creó o apoyó una estructura paramilitar, como muchos otros en diferentes pueblos a lo largo y ancho de numerosas regiones de Colombia. Fue amo y señor de Pivijay, aunque ejerció su letal influencia en otros municipios del martirizado departamento del Magdalena. Como afirma la JEP, fue un importantísimo “articulador entre actores armados, políticos y empresariales”. Extraordinario por el alcance de su influencia, por el peso específico de sus amigos, y por la tremenda brutalidad de su dominio, que no merece otra calificación que la de régimen de terror. Encuentro en expedientes judiciales que tengo frente a mí un idéntico sentimiento que compartían miembros de su unidad paramilitar (¡no víctimas!) y que uno de ellos resume de la siguiente manera: “A ese man yo le tengo miedo”.

No estamos hablando aquí de asuntos que pertenezcan a un oscuro y relativamente remoto pasado, que igual habría que conocer. Las primeras confesiones de Severini son altamente plausibles y apuntan a redes en plena actividad que mantienen intacto su poder político. Un ejemplo de ello es Hughes Rodríguez, o “Comandante Barbie”, otro gran ganadero (esta vez del Cesar), típico y extraordinario en el mismo sentido que Severini. Las devastaciones cometidas por Barbie en su departamento están aún por contar. Barbie también se destacaba por la importancia de su fortuna y la calidad de sus conexiones. Entre ellas se encuentra ni más ni menos que el hoy presidente de la República, quien ha sido apoderado judicial de empresas de sus familiares y ha mantenido con ellos negocios de tierras, entre otros (la profundidad de estos nexos ha sido revelada por las revistas digitales Raya y Vorágine).

Aquellas redes están, en realidad, en el corazón de la experiencia paramilitar. Alguna vez le preguntaron a uno de sus líderes, creo que a Pablo Hernán Sierra, en qué consistía la actividad de su grupo. No contestó que luchar contra la subversión, o proteger a la patria o a las autoridades legítimamente constituidas, o hacer plata, o matar. Contestó: “como siempre digo, nosotros las autodefensas siempre estamos buscando amigos, amigos referidos por amigos”. Si algún lector memorioso se siente chocado por el contraste entre esta declaración, que evoca a la increíblemente acaramelada canción de Roberto Carlos “Quiero tener un millón de amigos”, y la naturaleza sangrienta de la saga paramilitar, lo entiendo. Pero eso no le debe impedir ver que, a su manera, es una definición bastante precisa. Pues el entramado profundo de estas formas de hacer la guerra y ejercer la violencia fue, es y, probablemente, seguirá siendo cosa de relaciones, de contactos, de redes, de amigos.

Naturalmente, para las personas que pertenecen a estas redes, es mejor que nada de esto se conozca. Algunas formas de amistad prosperan en el secreto. No sé si sea mi imaginación calenturienta, pero se me ocurre que esto constituye un excelente incentivo para querer acabar con la jurisdicción ante la cual personas como Severini están rindiendo testimonio.

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