Ser extremista tenía costos: Este fue un mecanismo civilizatorio clave de la vida electoral —y a la vez un componente clave de la sabiduría convencional de la democracia liberal— que funcionó bien más o menos desde el fin de la segunda guerra hasta hace relativamente poco.
No sólo el contenido del discurso extremista, sino su estilo, espantaban a un electorado que no gustaba de los sobresaltos. El consenso centrista podía ser un poco aburrido, ¿pero no es el aburrimiento el más subestimado de los derechos humanos? Poco precio además a cambio de estabilidad, libertades públicas y crecimiento económico. En ese contexto, la razonabilidad intelectual y estilística eran casi siempre estratégicamente adecuadas.
Ese mecanismo ya no funciona tan bien. No ha perdido todo su mordiente; pero sólo funciona ocasionalmente. El centro político se ha estrechado en todo el mundo, y las convenciones que rodeaban el debate político son ignoradas exitosamente por muchos actores. Esto es así por muchas razones; algunas las entendemos bien, otras no tanto. Amplios sectores sociales han abandonado a las fuerzas centristas, que de pronto hablaban con calma pero no ofrecían tan buenos resultados. Los viejos consensos institucionales han comenzado a ser rebasados por múltiples desafíos globales. El cambio tecnológico ha puesto a disposición de millones de personas la capacidad de comunicarse rápidamente y de manera muy emotiva. Temas en los que los centristas no se desempeñan bien (en realidad ningún insider) han adquirido gran centralidad: la corrupción, por ejemplo. Los propios centristas han ayudado a crear las condiciones para que los desafíen desde los extremos: Trump y Cruz son hijos del mismo establecimiento republicano que ahora hace aspavientos y se tapa las narices. La mala fe y pequeña astucia de Cameron podrían aupar fenómenos análogos en su país.
Son precisamente Estados Unidos y Gran Bretaña dos sistemas políticos tradicionalmente muy estables y refractarios a los extremos, quienes ofrecen los que probablemente sean los mejores ejemplos del deterioro de la política de la razonabilidad, y de casos en los que ésta todavía funciona. En Estados Unidos, Trump ha ganado a punta de insultos y de propuestas en el límite de lo lunático, y la fórmula para pararlo no es clara. ¿Ignorar sus diatribas, adoptando un tono elevado, o meterse al ring y combatirlo con ferocidad? Los adversarios republicanos de Trump simplemente no encontraron la fórmula. Su perplejidad tiene que ver con el simple hecho que hoy por hoy lo francamente irrazonable puede conquistar votos y amplios apoyos en la opinión; un hecho que, como dije, esos mismos republicanos anti-Trump ayudaron a crear. El contraste positivo lo da Sadiq Khan, el musulmán que ganó la alcaldía de Londres con un discurso democrático y generoso, distanciándose del extremismo islámico y a la vez derrotando la patética intentona del candidato conservador de querer pintarlo como un aliado de aquel.
La conclusión inquietante de este panorama es la siguiente: la razonabilidad aún puede ser una buena estrategia político-electoral, pero no siempre lo es. Y esto plantea un interrogante real a quienes como nosotros los colombianos tienen que enfrentar un gran movimiento extremista de derecha con hondo arraigo social. ¿Es necesario responderle golpe por golpe, o mejor hacerlo de manera reflexiva y calmada? Se trata de una pregunta muy seria, porque allí donde ganan esas fuerzas pueden implementar cambios que determinan la trayectoria de generaciones enteras y cuestan miles de vidas. En nuestro país, la diferencia entre la orientación pacifista y la guerrerista de hecho se podría medir por la cantidad de cuerpos destrozados de colombianos (y un carroñero impenitente como Ordóñez va a pedir siempre que haya más).
Creo que la mejor reacción es una estrategia mixta, adaptada al contexto y las circunstancias. La retórica antiextremista ya no puede confiar en que la circunspección siempre vaya a tener éxito.